El arte de hacer matemáticas I
Así al comparar erradamente la ciencia, que no
consisten más que en un conocimiento intelectual, con las artes, que requieren ciertas prácticas y
disposiciones del cuerpo, y viendo que una misma
persona no debe aprender todas a la vez sino que es más fácilmente,
mejor artista quien se dedica exclusivamente a
una, porque las mismas manos no pueden adaptarse a labrar los campos o a tañer
la cítara o a oficios diferentes, con tanta seguridad como uno solo de ellos, creyeron que
también lo mismo sucede con las ciencias, y distinguiéndolas por la
diversidad de objetos, pensaron que cada una debía cultivarse aparte, con prescindencia de todas las demás. No cabe
duda de que en estos se engañaron. Pues como todas las
ciencias no son más que la sabiduría humana, que es siempre una y la misma por
más que se apliquen a diferentes objetos, como la luz del sol es una, por múltiples y diferentes que sean las
cosas que iluminan, no se debe imponer ninguna
limitación a los espíritus, pues si el ejercicio de un arte impide que
aprendamos otros, el conocimiento de una verdad lejos de ser un obstáculo
nos ayuda a descubrir otras.
Descartes [1].
En las Reglas para la dirección del espíritu Descartes ilustra su idea de conocimiento con
la imagen de un único sol que ilumina con idéntica certeza todo
objeto que se le aparezca. De este modo,
distingue al científico del artista, pues el primero aumenta su saber sin ningún tipo de limitación por parte del objeto. Toda verdad
no puede sino favorecer la incorporación de otra
verdad. El artista, por el contrario,
necesita prácticas y disposiciones específicas para el uso de sus
instrumentos, y estas prácticas y disposiciones, según Descartes, entorpecen el uso óptimo de otra clase de instrumentos. El pianista experto que adquirió habilidades motrices
en sus dedos para aprovechar al máximo su instrumento, podríamos
pensar que atrofió sus manos para el uso
sofisticado de martillo y cincel, lo que le impide llegar a ser un
experto en escultura. Y es por estas prácticas y disposiciones del cuerpo que los artistas tendrían su saber restringido a
un campo particular; mientras el científico,
al hacer sólo uso de la luz de la razón, puede adquirir conocimiento de todas las cosas.
En lo siguiente intentaré, a diferencia de lo dicho
por Descartes, sostener la analogía ciencia (y en particular,
matemáticas) y arte. Para eso desarrollaré un análisis en que se contraponga el paradigma tradicional axiomático de las matemáticas y mi propuesta enmarcada en algunas
corrientes actuales que entienden al hacer matemático
como análisis y resolución de problemas,
haciendo renacer viejos postulados leibnizianos [2]. En este sentido, argumentaré cómo el matemático necesita, usando las palabras de Descartes, de “ciertas prácticas y disposiciones del cuerpo” en términos de ocupación y
competencia en distintas formas de representación,
entendidas como condiciones necesaria para la comprensión de tales representaciones. En su ocupación con las
representaciones, el matemático adquiere
competencias que le permiten un mejor trato con ellas, siendo todo este
proceso atravesado por un paulatino aumento de comprensión de esas representaciones y de los conceptos que representan. En segundo lugar,
argumentaré cómo esta comprensión posibilita la creatividad del matemático, y en qué sentido (entre otros) puede ser
pertinente ésta en su actividad.
De las prácticas y disposiciones (como ocupación y
competencia).
En la interpretación cartesiana de la analogía que
busco aquí defender, las artes parecen implicar
“ciertas prácticas y disposiciones” por parte de quien las
practica, lo cual al parecer contraviene su ideal de ciencia, el cual se entiende siempre como “una y la misma por
más que se apliquen a diferentes objetos”. Si acaso la ciencia no responda a
tal ideal, se estaría, según Descartes, limitando al
espíritu, siendo que éste (a diferencia de las artes) al obtener una verdad, más que impedir,
facilita el acceso a otras verdades. En el epígrafe notamos también que ciencia se identifica
con la sabiduría del espíritu humano y no un
conjunto de teoremas qu se exponga a modo de proposiciones articuladas deductivamente a partir de pocos
axiomas. El problema del sistema euclídeo, que representaría más bien esta segunda idea de ciencia, es que no nos da herramientas para descubrir cosas nuevas.
Ahora pondré una analogía para comprender el problema de tal modo de exposición, que
tanto Leibniz como Descartes criticaron. No sería muy
aventurado conjeturar que un software, al que se le programa los axiomas y las
reglas de inferencia, podría realizar todas las deducciones necesarias para construir toda la geometría
euclidiana. Nadie negaría la utilidad relativa del software (creo que
representa lo que es el ideal axiomático de ciencia al reescribir las geometrías en lenguaje
puramente lógico, explicitando así la estructura lógica de la realidad matemática). No obstante, nadie diría
que este software comprende lo que está haciendo. Pero ¿para qué querríamos que
lo comprenda?
Para responder a esto supondré por empezar que es correcta la distinción
entre los objetos matemáticos (cuya existencia y naturaleza son problemáticas)
y sus representaciones. También supondré que hay algo así como un entramado
lógico conformado por los objetos matemáticos, y que nuestro único acceso a ese
entramado es por medio de representaciones.
Ahora, según defensores del
paradigma axiomático de ciencia, se debe reescribir las matemáticas en lenguaje puramente
lógico, con el fin de exponer la
estructura lógica de la realidad matemática, ya que
pareciera haber una relación de isomorfismo
entre las representaciones y los objetos. Uno estaría tentado a pensar que
semejante presentación de las pruebas
expresarían una radical pureza conceptual. No obstante, para plantear el problema de esta empresa
logicista debo hacer un rodeo
explicitando ciertas nociones que clarifiquen el panorama.
Toda prueba matemática tiene, al menos, una doble finalidad: debe por un lado validar la respuesta a un problema, y en
segundo lugar, convencer a la comunidad de matemáticos que
legitime esa respuesta; pues, para que algo cuente (para la comunidad de matemáticos) como válido, es condición fáctica que
sea legitimado, es decir, que alguien lo juzgue (o lo
comprenda como) válido.
Pensemos en lo siguiente: los resultados en el cálculo del software que, supongamos, opera meramente con la
sintaxis y la simbolización de las
representaciones (o sea, no tiene significados genuinos ni contenidos
iconográficos, como era el ideal del lenguaje de la empresa
logicista), podríamos pensar que necesariamente son válidos. Sin embargo, el cálculo efectuado por un software es un mero despliegue mecánico. Para que valgan como
representación de un objeto matemático debe existir un interpretante, alguien que
los dé por tales (el programador, el usuario, etc.). De este modo, tiene
que haber una interpretación legitimadora de tales funciones.
Ahora bien, quien habilita (y resiste) significados (que hacen comprensible
las representaciones) es lo que llamaré comunidad de matemáticos.
Ésta se caracteriza por ser esencialmente conflictiva. Esta conflictividad
se denota, e.g., en que para la creación de nuevas representaciones pertinentes a la
resolución de ciertos problemas específicos, quien los crea debe primero comprender tales representaciones y tenerlas
por válidas al mismo tiempo que persuadir a sus colegas de que tales representaciones son atinentes para la
resolución de los problemas en cuestión.
Una comunidad puede ser interpretada como un complejo de intereses. Un interés es aquello que pre-ocupa a un
participante de esa comunidad. La preocupación
es condición de toda comprensión en sentido
genuino. Si no podemos preocuparnos por la resolución de un problema, jamás comprenderemos si una
representación satisface tal resolución. Al mismo tiempo, uso la expresión
pre-ocupación para dar cuenta de que es lo previo
a una ocupación. Para comprender, necesitamos ocuparnos de aquello que nos preocupa. En las Reglas… Descartes dice esto del siguiente modo:
Nunca seremos matemáticos, aunque sepamos de memoria las demostraciones inventadas por los demás, si nuestro espíritu no es capaz de resolver por sí mismo toda clase de problemas [3].
En este contexto, ocuparse de un problema es
por ejemplo (y paradigmáticamente) dedicarse a resolverlo.
Esta ocupación implica el trato con distintas
representaciones que son las herramientas con que resolvemos problemas. Un
correcto trato implica una cierta competencia. En un sentido básico, a uno
le debe ser enseñado el uso de tal o cual representación para poder usarla. Ahora
bien, en el proceso de aprendizaje uno
atiende al uso de las representaciones. La
atención es poner en primer plano una parte de lo que estamos
comprendiendo. Haciendo una analogía, al escuchar una obra musical, por lo
general atendemos a la melodía, la comprendemos de forma explícita,
aunque esa atención está en primer plano siempre respecto a una comprensión
implícita de la armonía en la que se ve inscripta. Sin embargo,
‘superado’ el proceso de aprendizaje,
uno debe hacer del uso de las
representaciones no una comprensión explícita, sino implícita. El uso de las
representaciones debe sernos un hábito (una
sensibilidad, una competencia, etc.). Ahora, la legitimación de todo hábito está dado por la comunidad. Que un
hábito sea legítimo quiere decir que sirve para
ocuparse en la satisfacción de cierta
preocupación de la comunidad.
Voy a hacer una analogía con la práctica de un guitarrista. Éste para ejecutar una obra debe preocuparse, tener el interés de tocar esa obra; y ocuparse de la obra tratando de tocarla. Al
principio, tendrá un acceso explícito en el trato con la
guitarra, en el sentido en que explícitamente
pondrá el dedo sobre la cuerda
y el traste correspondiente. No obstante, para que la
obra, digamos, ‘suene legítimamente’, el guitarrista a
ese acceso explícito lo debe volver implícito,
es decir, un hábito o competencia. Si tiene conciencia
exacta de los movimientos que debería hacer con los dedos, lo más probable
es que la ejecución sea un fracaso. En último término, que ‘suene
legítimamente’ la obra significa que el guitarrista lo
toque de tal suerte que la haga comprensible, tanto para él,
como para cualquier participante de la
comunidad; el cual debe contar a su vez con
cierta competencia, saber reconocer auditivamente ritmos, tonalidades, escalas,
etc.; competencia que se adquiere con el previo trato
auditivo con la música, los estilos, etc.
Quedamos entonces con que parte de la
comprensión de una representación está dada por la competencia en
su uso, y esto implica, reconocer cómo puede ser usado. Hay que agregar también
que una mayor comprensión incluye a su vez cuándo (y porqué) su uso es mejor
que el de otras
representaciones. En este sentido, existen distintas formas de resolver un problema. Para volver con el caso del guitarrista, éste a
la hora de componer, para la construcción de los acordes debe tener en cuenta, no
sólo las posibilidades físicas que tiene su mano a la hora de posicionarse sobre el mástil y la
secuencia de armonías que pretende, sino cómo los dibujos
formados por las distintas voces (cuyas posibilidades son de gran amplitud) deben darle tal o cual
sonoridad al acorde, según los intereses del compositor regido
por ‘principios o reglas de composición’
(compartidos por la comunidad de músicos y
adquiridos por el trato con esos principios o
reglas) que posibilitan ciertos dibujos, melodías, armonías o movimientos de acordes, y resiste otros. En el caso del matemático, éste,
por lo general, se ocupa en desarrollar varias
formas de resolver el mismo problema;
primero, para buscar la solución más elegante que tenga un
mayor poder de persuasión gracias a que su comprensión sea más
intuitiva; pero además, para obtener una mayor comprensión del problema, puesto que cada representación expresa
aspectos distintos del mismo, y esto permitiría una mayor
posibilidad a la hora de crear nuevas
representaciones.
De este modo, lo que mostramos, e.g., es que, como
en las artes, y a diferencia de un software, se
necesitan “ciertas prácticas y disposiciones”, que es el trato, la competencia y la comprensión de las representaciones de los que nos
ocupamos; y sin embargo, no hace falta conceder a Descartes
que tales disposiciones y prácticas obstaculicen la comprensión de otros conocimientos. Más bien, por el contrario, gracias a la multiplicidad de prácticas y disposiciones que uno adquiere y toma
respecto a una pluralidad de representaciones,
hace que se enriquezcan y se comprendan un mayor número de facetas, ciertas ventajas y vicios que tienen tal o
cual representación en particular, que tomadas aisladamente, nunca
vislumbraríamos.
[1] Descartes; R.; Reglas
para la dirección del espíritu; Regla 1, pág 62,
Alianza, Madrid, 1984
[2] Cf. Grosholz, E.; Representation and
productive ambiguity in mathematics and the sciences; ; Oxford University
Press Inc., New York; 2007.
Breger, H.; “The art of
mathematical rationality”; En Leibniz: what kind of rationalist?;
Tel Aviv University, Tel Aviv, Israel, 2008.
Campos, D. “Imagination,
concentration, and generalization: Peirce on the reasoning abilities of the
mathematician”; En Transactions, volume 45, number 2
[3] Descartes; R.; Reglas
para la dirección del espíritu, Regla 3, pág 73.
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