El progreso cognitivo: Pragmaticismo, Epistemología evolucionista y los métodos de fijación de las creencias en Charles S. Peirce
Debo insistir en que la
metáfora de «fundamento» induce a error… Por encima de todo, es engañosa debido
a su carácter estático: parece que se nos obliga a escoger entre la imagen de
un elefante montado sobre una tortuga (¿qué es lo que soporta a ésta?) y la de
una gran serpiente hegeliana del conocimiento que se muerde la cola (¿dónde
empieza?). Ninguna de las dos, sin embargo, nos sirven, ya que el conocimiento
empírico (como su alambicada ampliación, la ciencia) es racional, pero no
porque descanse en unos cimientos, sino por ser una empresa autocorrectiva que
puede poner en tela de juicio cualquier tesis o alegato, aunque no todos a la
vez. (Wilfrid Sellars, El
empirismo y la filosofía de la mente, §38, 1956).
Epistemología
evolucionista: de la razón naturalizada a la autonomía de la lógica.
En uno de los textos fundacionales del pragmatiscismo (La fijación de la creencia) Charles Sanders Peirce afirma que razonar es acceder a algo desconocido en base a lo conocido.
Desde una
tradición que podemos rastrear hasta Aristóteles, lo conocido puede ser
interpretado como las premisas de un argumento (cuyo conjunto podemos llamar
“A”), mientras que lo a conocer vendría a ser la conclusión (que en un arranque
de feroz creatividad podemos llamar “B”). Un argumento válido o deductivo es
aquel que preserva la verdad; es decir, si A es verdadero (si una y cada una de
las premisas son verdaderas), B no puede ser sino verdadera. Claro que el
problema de este tipo de argumentos deductivos es que no son ampliativos: si
preservan la verdad es porque el contenido semántico de B no excede al de A. Es
decir, B no agrega ninguna información que no esté al menos implícita en A.
En
contraposición, Peirce baja mucho la vara porque le interesa comprender cómo
mediante el razonamiento podemos progresar en el conocimiento. En ese sentido,
considera que un razonamiento es objetivamente bueno si de darse A (o ser “A”
verdadera), por lo general se da B (“B” es verdadero). Y aquí “objetivamente”
significa que es una cuestión fáctica y no normativa si el razonamiento es
bueno o no. En ese sentido, más que una concepción de lógica formal o
deductiva, Peirce parece estar pensando en una concepción naturalista y
heurística del razonamiento. La heurística básicamente es un conjunto de
reglas, principios o estrategias que utilizamos a la hora de resolver problemas
o tomar decisiones y en las que confiamos dadas nuestras experiencias previas a
la hora de enfrentar cuestiones similares. Es decir, las valoramos no por sus
propiedades que comúnmente llamaríamos lógicas sino por su utilidad. La
heurística más elemental que podemos imaginar es la de prueba y error: si algo
nos lleva al error debemos desecharlo, y lo que funciona no se arregla.
La heurística
se suele entender en contraposición a un algoritmo; el cual presupone que las
reglas o instrucciones a seguir están fijadas de manera a priori. En cambio,
Peirce está más interesado en desarrollar una epistemología evolucionista,
donde las mismas reglas a seguir puedan ser corregidas en el transcurso de la
investigación si nos apercibimos de que nos llevan a error. Este evolucionismo
epistemológico es lo que hace al pragmaticismo partir de una concepción
naturalista del razonamiento, pero no para quedarse allí como haría el
psicologismo. Mientras nuestras maneras naturales de razonar funcionen no las
arreglamos porque incluso nos resultan invisible. Es cuando el razonamiento nos
produce expectativas sistemáticamente frustradas que la lógica puede elevarse a
un nivel normativo y autónomo. No independizándose de los razonamientos
naturales (que en definitiva no podemos abandonar dado que somos seres
naturales) sino corrigiéndolos, desarrollando criterios para distinguir los
correctos de los incorrectos, dejando a estos mismos criterios expuestos a
objeciones ulteriores en la evolución de la investigación.
Sin embargo,
hay que empezar distinguiendo entre nuestra confianza (subjetiva) en la funcionalidad
de nuestros modos de razonamiento y la cuestión fáctica (objetiva) de la misma. No es por introspección que podemos determinar la validez de una regla de inferencia. Y es que, en un buen razonamiento, el paso de A a B suele ir acompañado de un
sentimiento de satisfacción y un impulso a creer que B (si es que creemos que
A). Peirce considera que razonar bien es algo que hacemos recurrentemente como
producto de nuestra evolución biológica y procesos de socialización (los malos
razonamientos tienden a ser desadaptativos). Esa sensación de satisfacción
sería así una astucia de la selección natural y cultural para empujarnos a repetir
esa conducta. Todo esto es un muy interesante objeto de investigación para las
ciencias sociales, pero no debemos olvidar que con ello sólo estaríamos
investigando el aspecto subjetivo del buen razonamiento. Un buen razonamiento
lo es incluso en ausencia de esos sentimientos de satisfacción o el impulso a
creer en la conclusión. Desde un punto de vista semiótico (y recordemos que
Peirce es uno de los padres de esta disciplina) ese aspecto subjetivo puede ser
interpretado como un signo o índice de que estamos razonando de manera
correcta; pero un signo falible. La brillantez del Sol o el hecho de que nos
produzca la sensación de calor históricamente se interpretó como signo de que
el Sol era una bola de fuego, pues estamos habituados a que el fuego brille y
caliente de manera análoga.
Ahora, si bien Peirce considera que somos unos razonadores bastante decentes (de lo contrario, nos hubiésemos extinto como especie o no podríamos adaptarnos a la sociedad), también es cierto que lo somos de manera muy imperfecta. Por ejemplo, sobreestimamos y mucho nuestras habilidades lógicas. Si consideramos nuestra aptitud para el razonamiento un producto evolutivo, podemos especular que la selección natural se encargó de que para cuestiones urgentes para la supervivencia seamos unos lógicos suficientemente eficientes; pero para ámbitos más generales o teóricos, lo más ventajoso (a ojos de la selección natural) no sería la verdad sino tener visiones motivantes, estimulantes o placenteras. El mismo sesgo de sobreestimar nuestras capacidades lógicas puede ser de hecho un rasgo adaptativo, pues un falso optimismo empuja a la acción más que un pesimismo veraz, el cual puede anclarnos en un quietismo estéril.
Pues bien,
Peirce postula que debajo de ese impulso o sentimiento que acompaña nuestros
buenos razonamientos existe un hábito (constitucional o adquirido, biológico o
cultural), el cual se encarga de que de ciertas premisas dadas A infiramos más
bien B que cualquier otra conclusión. Y postula a su vez que la bondad de la
inferencia está determinada por la bondad del hábito; entendiendo que un buen
hábito es aquel que produce en general conclusiones verdaderas. Nos da entonces
el siguiente ejemplo: “observamos que un disco de cobre en rotación se detiene
rápidamente cuando lo situamos entre los polos de un imán, e inferimos entonces
que lo mismo sucederá con todo disco de cobre. El principio directriz es que lo
que es verdad de un disco de cobre lo es también de otro. Tal principio
directriz será mucho más seguro respecto del cobre que respecto de otras muchas
sustancias –el latón, por ejemplo” [§10]. Notemos que esa inferencia es
inductiva y, como bien demostró Hume, la inducción no es una forma de razonamiento
lógicamente válida (en una inducción podemos partir de premisas verdaderas y
llegar a una conclusión falsa); pero normalmente la utilizamos porque nos ha
ido bien con ella (de nuevo la regla heurística: lo que funciona no se arregla).
Y esto es casi todo lo que importa en la vida cotidiana. Peirce considera que
llevar más lejos las indagaciones lógicas puede reportar nula utilidad para los
trabajos eminentemente prácticos, donde nuestra confianza debe depositarse en
las competencias que ejercemos rutinariamente en las tareas aprendidas. No
obstante, al adentrarnos a terrenos desconocidos o más teóricos, aquellas
competencias eficientes suelen derivarnos a conclusiones espectacularmente
equivocadas. Es aquí donde se hace necesario la lógica normativa.
Empecemos
instrumentalistas para llegar al realismo: de las creencias y las dudas.
Que la lógica
sea autónoma no implica, como hace Descartes con su duda metódica, que tiremos por
la borda todos esos hábitos (o creencias) adquiridos o constitucionales. Si
razonar es acceder a algo desconocido en base a lo conocido, se debe partir
necesariamente de algo conocido. No empezamos nunca a conocer desde cero sino
desde el medio de varios conocimientos. Incluso no podemos dudar de nada si no
sabemos previamente qué es eso de dudar. En ese sentido se hace menester
distinguir entre una duda artificiosa y una duda viva y real. “No permitáis que
pretendamos dudar en filosofía lo que no dudamos en nuestro corazón”.
A su vez, una
idea que podemos rastrear hasta Aristóteles, y muy popular hasta hace bastante
poco entre filósofos y científicos, es aquélla según la cual para que B cuente
como conocimiento científico o sea considerado verdadero, debe ser la
conclusión de un argumento (tan largo como sea necesario) cuyas premisas
últimas sean autoevidentes o absolutamente indubitables. Uno de los candidatos
principales de “premisas últimas” son los axiomas, como los de la geometría
euclídea. Recordemos que hasta el siglo XIX se consideraba al quinto postulado
de Euclides una verdad a priori sobre el espacio físico. Fue una vez que
surgieron las geometrías no euclideanas y se demostrara que son tan consistente
como aquella que los axiomas tendieron a considerarse menos como verdades
autoevidentes que como convenciones útiles. La sospecha contra las verdades
autoevidentes se volvió más elocuentes tras las grandes revoluciones
científicas que sufrió la física a principios del siglo XX y que Peirce no
llegó a ver (el texto que estamos analizando es de 1877). En 1916, dos años
después de la muerte del pragmaticista, Einstein presenta su teoría de la
Relatividad general donde se concibe al espaciotiempo físico en base, no a la
geometría euclideana, sino a la no euclideana de Riemann (matemático al que
Peirce admiraba particularmente). Y en la década siguiente, queda establecida
la mecánica cuántica que parece no dejar en pie ninguna de nuestras intuiciones
físicas, al punto que Richard Feynman ironizan con que “si creés haber
entendido la física cuántica, significa que aún no has entendido la física
cuántica”.
El otro gran candidato a premisas últimas autoevidentes son los datos de los sentidos; y a ellos ha apostado el empirismo en general y el positivismo lógico en particular con su famoso problema de los enunciados protocolares. No obstante, este tipo de positivismo empezó a caer en desgracia a partir de los ’50 (al menos en la comunidad de filósofos, no tanto en otras comarcas culturales) entre otros argumentos por caer en lo que Sellars llamó el mito de lo dado o el argumento de Hanson de la carga teórica de la observación. Y con el positivismo cayó también la tesis de los datos de los sentidos indubitables
Peirce,
anticipándose a gran parte de estos progresos filosóficos (o incluso influyendo en ellos), considera que no
necesitamos partir de semejante tipo de premisas últimas; sino que alcanzan
aquellas que son lo suficientemente firmes como para que ningún miembro de la
comunidad de investigadores le oponga ninguna duda razonable. Cabe enfatizar
que, del hecho de que actualmente no tengamos ninguna duda razonable contra A no se sigue que A sea indubitable. Al continuar con la investigación pueden
aparecer nuevos elementos de prueba que hagan cuestionarnos que A. En este
aspecto, Peirce es un realista crítico FALIBILISTA: como no podemos saber a
priori qué nos deparará la investigación (pues para saberlo, la
investigación ya tuvo que haberse realizado); por tanto, no podemos tener
certezas absolutas sobre cuáles de nuestras premisas con las que partimos
sobrevivirán al finalizar la pesquisa. A este respecto nos dice Peirce que:
Tenemos que reconocer que las dudas sobre las [premisas]
pueden plantearse más tarde; pero no podemos encontrar ninguna proposición que no esté sujeta a esta
contingencia. Debemos construir nuestras teorías de manera que den lugar a
tales descubrimientos; primero, basándolas en la mayor variedad posible de
consideraciones diferentes, y, segundo, dejando lugar para las modificaciones
que no pueden preverse, pero que con toda seguridad serán necesarias. Algunos
sistemas están mucho más abiertos que otros a este criticismo. Todos aquellos
que se basan fuertemente en la "inconcebibilidad de lo contrario" se
han acreditado como particularmente frágiles y efímeros. Aquellos, sin embargo,
que se basan en evidencias positivas, y que evitan insistir en la precisión
absoluta de sus dogmas, son difíciles de destruir (1893).
Suele ocurrir,
empero, que incluso ante opiniones convincentes aparezcan algunos que apelen a
algún tipo de duda artificiosa. (Tal vez todo sea un sueño, o vivamos en una
simulación tipo The Matrix. Quizás el diablo colocó los fósiles para
engañarnos o el mismo Dios para probar nuestra fe). Pero este tipo de falsas
dudas se caracterizan por no facilitar ni motivar el avance de la
investigación; sino más bien obstaculizarla (lo cual Peirce considera el peor
pecado que puede cometer la inteligencia).
Así las cosas,
el pragmaticista propone que entre los conocimientos que presupone todo
razonamiento podemos enumerar 3:
i)
hay estados mentales tales como la duda y la
creencia;
ii)
es posible pasar de una duda sobre B a una
creencia de que B (o noB); sin que cambie la naturaleza de B;
iii)
ese pasaje está gobernado por reglas comunes a
todas las mentes.
Para entender
el presupuesto i) debemos comprender las 4 diferencia entre dudar y creer.
a) Una
diferencia inmediata o fenomenológica es que no se sienten de la misma manera.
Pero este es un mero signo subjetivo que debemos explicar.
b) Las
creencias guían nuestros deseos y conforman nuestros actos; y la sensación de
creer es un signo o índice de que tenemos incorporado un hábito que nos hace
actuar de una manera más que de otra. Esto no es lo que ocurre con la duda que
tiende más bien a detener la acción práctica y dirigirnos a la acción reflexiva.
c) La
sensación de duda es irritante, lo cual nos empuja a luchar por volver a un
estado de creencia (mucho más satisfactorio). Que nos desagrade la duda hace
que una vez que creemos que B nos resistimos a considerar que noB. Esto hace
que valoremos, no sólo nuestro estado de creencia, sino el contenido de nuestra
creencia. Esto explica por qué es más fácil ser engañado (adquirir una creencia
nueva, aunque sea falsa) que desengañado (implica vencer esa resistencia a
considerar que noB y despreciar aquello que valoramos).
d) También
se diferencian en sus efectos positivos. La creencia per se no nos
empuja a actuar, sino que es una disposición a actuar de determinada manera
(más que de otra) dadas ciertas condiciones situacionales. Si no tuviéramos
creencias, nuestro trato con el mundo sería aleatorio o caótico. La duda, en
cambio, nos motiva directamente a la indagación para destruirla; lo que nos
puede precipitarnos a un ascenso a un nivel cognitivo epistémicamente más
responsable.
Ahora bien,
¿qué es la indagación y cuál es su finalidad? Por lo que mencionamos
anteriormente, no debe de extrañar que Peirce la defina como la lucha causada
por la duda para alcanzar un estado de creencia. Notemos el cariz
instrumentalista de esta definición. Desde una perspectiva más reflexiva o
filosóficamente realista quisiéramos decir que lo que buscamos en una
indagación no es una creencia cualquiera sino una verdadera. Y Peirce como
realista tiene la intención de demostrar que el fin de la investigación va a
ser la opinión verdadera. No obstante, parafraseando a Spinoza: la verdad es
algo tan difícil como rara; y por el momento debemos dejar a un lado las
exigencias realistas y ver hasta dónde nos lleva el instrumentalismo
metodológico. El realismo será una etapa que conquistaremos ulteriormente en
esta epistemología evolucionista. En cualquier caso, es cierto que a nivel más
básico y (por tanto) de modo harto más recurrente, estamos motivados para
detener la indagación una vez establecida una creencia firme que nos resulte
satisfactoria. Y es que podemos notar que, desde el punto de vista de primera
persona, no hay ninguna diferencia entre la creencia de que B y pensar que B es
verdadero; pues creer que B no es más que considerar que B es el caso. Por lo
que, una vez obtenida una creencia, desde una perspectiva de primera persona
consideramos haber obtenido sólo la verdad y nada más que la verdad.
Entonces ya
tenemos todo preparado para explicar la teoría evolucionista de los 4 métodos
de fijación de la creencia propuesta por Peirce.
Método
de tenacidad
Dado que la finalidad de la indagación es la fijación de una creencia, el método más inmediato que se nos puede ocurrir es simplemente aferrarnos a esa creencia. Lo cual implica aprender a “alejarnos con desprecio y aversión de todo lo que pueda perturbarla” [§20]. Esto nos recuerda a lo que los psicólogos cognitvistas llaman “sesgo de confirmación”, es decir, “la tendencia a buscar, interpretar, favorecer y recordar información de una manera que confirme o apoye las creencias o valores previos de uno.”
Respecto a este método Peirce nos dice que:
El hombre siente que
sólo se encontrará plenamente satisfecho si se adhiere sin vacilar a su
creencia. Y no puede negarse que una fe firme e inamovible depara una gran paz
mental […]. Así, si es verdad que la muerte es aniquilación, entonces el hombre
que cree que al morir irá con toda seguridad directo al cielo, supuesto que
haya cumplido ciertos simples requisitos en su vida, disfruta de un placer
fácil no enturbiado por el más mínimo desengaño. En cuestiones religiosas
muchas personas parecen haber realizado una consideración parecida, ya que con
frecuencia oímos decir: "Oh, no podría creer así-o-asá porque de hacerlo
me sentiría muy desgraciado". Cuando un avestruz al acercarse el peligro
entierra su cabeza en la arena, muy probablemente adopta la línea más acertada.
[…] Un hombre puede ir por la vida manteniendo sistemáticamente apartado de la
vista todo aquello que pueda llevarle a un cambio de sus opiniones, y si le
resulta –basando su método, tal como lo hace, en dos leyes psicológicas fundamentales-
no veo qué es lo que puede objetarse a ello. Sería una impertinencia egotista
objetar que este procedimiento es irracional, pues esto es sólo tanto como
decir que su método de establecer creencia no es el nuestro. Él no se propone
ser racional, y, en efecto, hablará con frecuencia con desprecio de la débil e
ilusoria razón del hombre. Dejémosle pues que piense como quiera [§20].
Sin embargo,
este método de tenacidad o sesgo de confirmación, aunque tiene toda la pinta de
ser una forma de necedad, no tiene por qué ser de suyo irracional. Por empezar,
que el sesgo de confirmación gobierne nuestra mente de forma tan insistente
puede hacernos sospechar que es un rasgo adaptativo. Si vemos a un hombre de esmoquin
sobre un escenario partir a una muchacha por la mitad sin con ello matarla,
nuestro sesgo de confirmación nos empuja a interpretar, no que se ha demostrado
que existe la magia, o a cambiar nuestras opiniones sobre fisiología humana,
sino que a considerar que debe haber un truco que se nos está escapando.
Incluso filósofos de la ciencia (hasta un siglo posterior a este artículo) como Thomas Kuhn
o Imre Lakatos han argumentado que un principio de tenacidad por parte de los
participantes de un paradigma o programa de investigación científica puede ser
necesario y llevar al progreso en el conocimiento. Un ejemplo de ello es que en
base a las leyes newtonianas se predecía una órbita para Urano que no coincidía
con la que los astrónomos observaban. Desde un falsacionismo popperiano
estricto, uno podría considerar esa evidencia una refutación de la ley
gravitacional. Por suerte, Urbain Le Verrier prefirió aferrarse a su credo
newtoniano, aunque sin ignorar la evidencia astronómica disponible. Para poder
conciliar ambas premisas se tomó la osadía de postular un planeta muy masivo
cuya órbita era más excéntrica que la de Urano. Así de hecho se predijo la
existencia del planeta Neptuno.
No obstante, un problema análogo ocurría con la órbita de Mercurio, por lo que parecía sensato usar la misma maniobra y postular la existencia del planeta Vulcano. Muchos astrónomos de hecho afirmaron haberlo observado (aferrarse a una creencia pueden alterar los reportes observacionales). Sin embargo, a la postre se descubrió que el problema era irresoluble en el contexto del programa newtoniano; y hubo que esperar la teoría de la gravedad de Einstein para explicarlo. Lo cual no evitó que semejante osadía a contradecir a Newton se interpretara como una herejía entre varios físicos. Incluso en nuestro mejor ejemplo de conocimiento encontramos a hombres como Max Plank afirmando que la ciencia avanza un funeral por vez (las nuevas teorías se terminan de establecer cuando se jubilan los defensores de las teorías anteriores). Aunque aquí ya estamos pisando el segundo método.
No sobra
aclarar que, si bien Peirce presenta los métodos al modo de un progreso
cognitivo del primero al cuarto, defiende también que todos ellos tienen
ciertas ventajas. Aunque exista el peligro de caer en la necedad, a veces
resulta importante cuidar y cultivar nuestras propias ideas para poder cosechar
sus frutos. Si Einstein a la postre convenció a la comunidad de físicos fue
porque supo aferrarse tenazmente a sus creencias personales. La valentía puede
ser una virtud epistémica que (como enseñaba Aristóteles) está a medio camino
entre los vicios de la temeridad y la cobardía. Y no resulta fácil hallar ese
punto medio.
Método
de autoridad
Para Peirce,
el gran enemigo de los primeros tres métodos va a ser una especie de
sentimiento de sociabilidad o impulso social, aunque de manera diferente en
cada uno. Así como Peter Singer argumento que el progreso ético se da expandiendonuestro círculo moral; Peirce considerará que el progreso epistemológico se da ampliando
nuestra audiencia de objetores o críticos.
Respecto al primer método, puede suceder que perciba que las demás personas con las que me cruzo en la calle tienen opiniones diferentes, y en un momento de extrema lucidez reflexionar que sus creencias no están peor justificadas que las mías; reflexión que minará la confianza sobre mis propias creencias (que es casi casi lo mismo que dejar de creer, o al menos dejar de hacerlo ciegamente). Resulta un progreso cognitivo llegar a considerar equivalentes los pensamientos y sentimientos de los demás respecto a los míos. Además, ese resultado podría tener también (especula Peirce) una base darwiniana, dado que el hombre es un animal que se destaca por su sociabilidad; por lo que nuestra propia biología nos podría estar arrastrando a ser influenciados por las creencias de los demás miembros de mi comunidad.
Así las cosas,
el problema de la fijación de las creencias pasa de un nivel individual a uno
colectivo (y es que al fin y al cabo el conocimiento es un fenómeno menos
psicológico que social): ¿cómo establecemos opiniones al interior de una
comunidad? Frente este problema disponemos del método de autoridad. Algunas
instituciones sociales (la Iglesia, el Estado, la Universidad, los medios de
comunicación, etc.) pueden cumplir la función de:
mantener correctas las
doctrinas ante la gente, reiterarlas perpetuamente, y enseñarlas a los jóvenes;
teniendo a la vez poder para evitar que se enseñen, defiendan, o expresen,
doctrinas contrarias. Que se alejen de la perspectiva de los individuos todas
las causas posibles de un cambio mental. Mantengámosles ignorantes, no sea cosa
que por alguna razón aprendan a pensar de modo distinto a como lo hacen.
Asegurémonos de sus pasiones, de manera que vean con horror y hostilidad las
opiniones privadas y poco usuales… Cuando en todo caso no se pueda conseguir
una total anuencia, una masacre general de todos los que no piensen de una
determinada manera se ha acreditado como un medio muy efectivo de establecer
opinión en un país. Si se carece de poder para hacerlo, redactemos una lista de
opiniones a la que nadie con la más mínima independencia de criterio pueda
asentir, y exijamos que los fieles acepten todas estas proposiciones con objeto
de aislarlos lo más radicalmente posible de la influencia del resto del mundo. [§22].
De hecho, este
último recurso es utilizado sistemática y eficientemente por parte de todas las
sectas exitosas a lo largo del mundo, como la cienciología, el terraplanismo,
Charles Manson, la escuela austríaca de economía o la Orden del templo solar
(este último grupo esotérico llevó tan lejos esta técnica que terminó con un
suicido colectivo por parte de la mayoría de sus miembros). Manifestaciones
menos extremas podemos encontrar, no obstante, en las distintas clases
sacerdotales, aristocráticas, gremiales, corporativas, empresariales,
ideológicas, hinchadas, etc. Es el mismo impulso de socialidad el que puede
sacarnos de la necedad del primer método para meternos en la crueldad del
segundo. Es la simpatía natural que tenemos para con nuestro grupo endogámico
la que alimenta la xenofobia.
Además de un método que puede precipitarnos a conductas criminales, también es cierto que es el que mejor opera para el grueso de la población, los legos o “las masas”. Ninguna civilización ni comarca cultural puede sobrevivir siglos (ni mucho menos) sin aferrarse, aunque sea en parte, a este método (lo mismo le cabe también a la institución científica; incluso si para ello deba reconstruir un concepto de “autoridad” más acorde a sus altas exigencias epistémicas).
Método
apriorista o la dialéctica
Así como las
creencias fijadas por el método de tenacidad se debilitan al chocar con las
opiniones de otros individuos, algo análogo ocurre con las creencias fijadas
por el método de autoridad al chocar con las opiniones de otras comunidades.
Como expusimos en las entradas primera y tercera de la Introducción a la
filosofía de la ciencia, podemos considerar el vérselas con las creencias
extrañas de las culturas vecinas con las cuales interactuaban los griegos un
factor sociológico relevante para explicar el origen de la filosofía; o su
reflorecimiento en el contexto de la Edad de oro del Islam o el Renacimiento
europeo. La dialéctica es hija del interculturalismo.
De nuevo se hace presente en la teoría peirceana el impulso de socialidad que debe ganar amplitud para trascender el método de autoridad. Ciertas personas informadas por ese impulso adquieren un espíritu filosófico que les hace ver
que en otros países y
épocas los hombres han mantenido doctrinas muy diferentes de aquellas en las
que ellos han sido educados a creer; y no pueden evitar darse cuenta de que es
meramente accidental que se les haya enseñado como se les ha enseñado, y que se
les haya dotado de los modos y asociaciones que tienen, lo que les ha llevado a
creer tal como creen y no de modo muy distinto. Y su candor no puede tampoco
resistir la reflexión de que no hay ninguna razón para considerar sus propias
ideas como por encima de las de otras naciones y otros siglos, planteando así
dudas a sus mentes [§24].
Aquí el
progreso cognitivo tiene que ver con el apercibirnos que el grueso de nuestras
creencias son arbitrarias; lo que nos empuja a construir un método que no sólo
nos lleve al estado de creencia, sino que nos permita dirimir qué proposición
específica tiene sus propias virtudes epistémicos para merecer nuestra
confianza. Es aquí donde la lógica deviene autónoma:
Liberemos pues de
impedimentos la acción de las preferencias naturales, y que los hombres, bajo
la influencia de éstas, conversando unos con otros y considerando las
cuestiones bajo perspectivas diferentes, desarrollen gradualmente creencias en
armonía con las causas naturales. Este método se parece a aquél mediante el
cual han madurado las concepciones artísticas. El ejemplo más perfecto del
mismo se encuentra en la historia de la filosofía metafísica. Usualmente los
sistemas de este tipo no se han basado en hechos observados, al menos no a un
cierto nivel relevante. Básicamente se han adoptado porque sus proposiciones
fundamentales parecían "agradables a la razón"… La contrastación de
las opiniones llevará pronto a los hombres a apoyarse en preferencias de
naturaleza mucho más universal. [§25].
La dialéctica
al interior de una comunidad de investigadores con un fuerte espíritu
filosófico permite horadar los elementos idiosincráticos que protege el método
de tenacidad y los chovinismos del método de autoridad. Y si bien no puede
dudarse de su excelencia, tampoco se ha dudado jamás de su impresionante
ineficacia para fijar creencias: los filósofos a la larga nunca se ponen de
acuerdo. Esto se debe, para Peirce, a que la dialéctica puede librarnos de
todos esos sesgos o elementos etnocéntricos a fuerza de magnificar ciertos
otros. Lo que sobrevive al escrutinio crítico, democrático y público por parte
de una comunidad de investigadores utilizando la dialéctica son las
inclinaciones que todos los participantes tienden a tener en común y que puedan
armonizarse racionalmente entre sí. Las grandes ideas metafísicas logran así
capturar las creencias rectas más fundamentales de una época y cultura. Pero
baste con un cambio de época para que la fuerza de esas grandes ideas se
desvanezca. Es ante esta evidencia que surge el 4to método.
Método
científico
Para lograr
evadir nuestras dudas sobre todas aquellas ideas que se nos manifiestan como
humanas, demasiado humanas; se hace menester:
encontrar un método
mediante el cual nuestras creencias puedan determinarse, no por algo humano,
sino por algo permanente externo, por algo en lo que nuestro pensamiento no
tenga efecto alguno. Algunos místicos imaginan que disponen de un tal método en
la inspiración privada procedente de lo alto. Pero esto es sólo una forma del
método de la tenacidad, en el que la concepción de verdad como algo público no
se ha desarrollado aún. Nuestro algo permanente externo no sería, en nuestro
sentido, externo si su ámbito de influencia se redujese a un individuo. Tiene
que ser algo que afecte, o pueda afectar, a cada hombre. Y aun cuando tales
afecciones son necesariamente tan diversas como lo son las condiciones
individuales, con todo el método ha de ser tal que la conclusión última de cada
una sea la misma. Tal es el método de la ciencia. Su hipótesis fundamental,
expresada en un lenguaje más familiar, es ésta. Hay cosas reales cuyas
características son enteramente independientes de nuestras opiniones sobre las
mismas; estos reales afectan a nuestros sentidos siguiendo unas leyes
regulares, y aun cuando nuestras sensaciones son tan diferentes como lo son
nuestras relaciones a los objetos, con todo, aprovechándonos de las leyes de la
percepción, podemos averiguar mediante el razonar cómo son real y
verdaderamente las cosas; y cualquiera, teniendo la suficiente experiencia y
razonando lo bastante sobre ello, llegará a la única conclusión verdadera. La
nueva concepción implicada aquí es la de realidad [§27].
Para el
pragmaticista el método científico es el que nos permite comprometernos con el
realismo y la verdad que habíamos dejado de lado a partir del instrumentalismo
metodológico. La comunidad de investigadores puede ir alterando sus
inclinaciones y creencias fundamentales, pero eso no implica que esas
alteraciones en las ideas modifiquen la naturaleza intrínseca de lo real. Pero
ese postulado realista, ¿no es propio de la metafísica? Si bien no puede
demostrarse empíricamente el realismo, Peirce lo postula como un presupuesto
del método científico. Y es que lo que distingue a este método es establecer
sus opiniones coaccionado por la realidad o presionado por los golpes de los
hechos que sistemáticamente nos despiertan de los sueños dogmáticos. (Es
interesante que Peirce caracterice a la ciencia usando una paráfrasis de una
frase que Kant usó para referirse a la filosofía escéptica de Hume). Y es que,
al finalizar la investigación, ya no quedarán hechos que puedan frustrar
nuestras creencias.
En ese
sentido, por “realidad” no se debe interpretar aquí, como haría por ejemplo cierta
forma de empirismo, a la colección de objetos que causan nuestras sensaciones.
El conocimiento no crece, para Peirce, mediante la acumulación de datos de los
sentidos ni hechos observados. Lo real debe ser concebido como una estructura permanente
o suficientemente estable en el tiempo que restringe las posibles relaciones
entre los objetos. La hipótesis de lo real no funciona como causa o fundamento de
nuestras premisas últimas (pues incluso ellas son corregibles) sino como designando
aquello que puede frustrar nuestras creencias más firmes o mejores teorías
científicas. El progreso cognitivo de los 4 métodos implica enfrentarse a
ciertos géneros de objeciones cada vez más amplios; primero las de los otros
individuos, después las de instituciones que detentan cierta autoridad social,
con la metafísica nos ampliamos a la comunidad indefinida de investigadores a
lo largo de las épocas y culturas, y finalmente con la ciencia trascendemos el
antropocentrismo al darle a lo real derecho de veto sobre cómo lo interpretamos.
No deja de ser relevante señalar que Peirce hizo por décadas trabajo de
laboratorio, que es el contexto paradigmático donde la naturaleza se la pasa
objetando nuestras creencias preferidas.
Claro que ese
final de la investigación Peirce la interpreta al modo de un ideal regulativo;
y es que el universo es demasiado basto como para que consideremos que ningún
hecho futuro tenga la oportunidad de destruir nuestra creencia más firme. El
método trabaja de manera más aceitada si parte del falibilismo, considerando a
todo conocimiento provisional. La comunidad de investigadores que tiene en
mente Peirce se prolonga indefinidamente en el tiempo sin fecha de caducidad.
Mas, al lado de ese ideal regulativo nuestro filósofo pone la evidencia
histórica de que ningún otro método ha sido tan exitoso a la hora de fijar
racionalmente creencias que el científico en los últimos 3 siglos. Uno puede protestar
que uno ve a los científicos poniéndose en desacuerdo insistentemente. Pero
esos desacuerdos (ya sea en cuestiones de vanguardia o de fundamentos último)
se montan y se vuelven significativos sólo sobre una miríada de acuerdos cuya
magnitud crece con la evolución del conocimiento.
Además, Peirce argumenta que su virtud principal es la de ser un método que es capaz de distinguir entre usos rectos y erróneos del mismo. Con el método de tenacidad no podemos fallar porque eso implicaría dejar de aferrarnos a una creencia (lo que implica no estar utilizando el método). Del mismo modo que lo que determina la corrección de las opiniones de la autoridad es la opinión de la propia autoridad. Las iglesias (como Dios) no pueden equivocarse porque su voluntad determina qué es equivocarse. En cambio, el método científico parte de ciertos hechos que da por conocidos y ciertas reglas para acceder a lo desconocido; pero a lo largo de la investigación pueden aparecer nuevos hechos capaces de demostrar que esas opiniones y reglas deben ser corregidas o incluso descartadas. Es el mismo método el que puede poner en evidencia que estoy razonando mal. Por eso Peirce señala que el estudio de la historia de la ciencia es también un estudio de lógica; pues es allí donde comprobamos ciertas maneras en que se razonó exitosamente; y la miríada de formas en que se razonó pésimo a pesar de seguir reglas de inferencia que a priori consideraríamos válidas. O si se prefiere; se confiaba (y con razón) en la validez de esas reglas de inferencia pues no había disponible ningún elemento de prueba para ponerlas en duda; sino que esos elementos surgieron a posteriori, una vez continuada la investigación. Si el método científico es exitoso es porque se autocorrige (si es que acaso los científicos estuviesen informados por la historia de su disciplina... formación que podemos hallar más fácilmente en los filósofos y sociólogos de la ciencia).
Eso no quita que para que la ciencia funcione de manera óptima sigue siendo necesario el principio de tenacidad, el principio de autoridad y la dialéctica. Y es que su virtud o resiliencia epistémica está en ser capaz de hacer frente a los distintos escrutinios crítico público que puedan desarrollar las distintas comarca cultural. La ciencia no es mucho menos democrática que la filosofía ni está menos impulsada por el mismo impuso social; y, al fin y al cabo, para Peirce que B sea verdadero implica simplemente que la creencia de que B tiene la capacidad de resistir la indagación sostenida indefinidamente, i.e., no podrá ser refutada o mejorada incluso cuando la investigación se lleve al límite de nuestras capacidades. Aunque nunca lleguemos a tener una certeza absoluta sobre cuál de nuestras creencias actuales cuenta con semejante resiliencia.

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