El arte de hacer matemáticas II
Expresividad y no correspondencia.
Ahora intentaré dar cuenta de la faceta
creativa del matemático a partir del análisis de un argumento leibniziano frente al nominalismo.
En el Diálogo sobre la conexión entre las cosas y las
palabras [1] Leibniz trata de dar cuenta del problema del nominalismo
hobbesiano, según el cual, como la verdad del pensamiento es relativa a las representaciones que usa,
y como las representaciones son relativas al arbitrio de quien las creó, se concluye que la verdad del pensamiento es relativa al arbitrio humano (es decir, los objetos y verdades matemáticas son
creaciones del hombre). El cartesianismo
superaría tal problemática con la intuición de verdades cuya
evidencia nos impide dudar de ella. Tal tesis, empero, da al hombre, según Leibniz, una
capacidad cuasi-divina. Muy por el contrario, el innatismo de las ideas en
Leibniz no es en términos de unas
proposiciones o verdades como objetos de consciencia
privada y auto-evidentes, sino que entiende a las ideas como capacidades (o
competencia) de expresión [2]. Así, las representaciones no valen por su
correspondencia con los objetos sino por su capacidad de expresar el objeto que
representan. Al conjugar distintas representaciones conformando un cálculo es
que quedan expresadas ciertas reglas y fórmulas que los ordenan uno con otros
(tanto a las representaciones como presumiblemente a los objetos).
Ahora, para comprender y expresar lo específico de un entramado de representaciones
(en contraposición a su “contenido conceptual u objetivo”, podríamos decir), debemos ponerlos en
relación de sustitución con otro entramado de representaciones. E.g., la regla del nueve que se da en el sistema decimal, no es el caso en el sistema duodecimal, por lo que queda evidenciado
que tal regla es relativa o específica sólo del primero de ambos sistemas. Ahora, la relación entre un
entramado de representaciones y su contenido conceptual-objetivo
es, según Leibniz, de analogía y no de identidad (de lo contrario,
caeríamos de nuevo en el nominalismo
hobbesiano, en el sentido de que crear las representaciones implica crear su
verdad), por lo que nunca puede llevarnos a la certeza cartesiana, sino que,
aprovechando la capacidad de expresión de cada entramado de representaciones,
y haciéndolos convivir en el trato con
todos ellos, uno va ampliando el contenido
conceptual. Cabe aclarar, por último, que la capacidad expresiva de una representación es relativa a la competencia
en el uso que tiene el interpretante de esa representación. Dicho de otro modo, lo que ‘expresa’ una representación es
todos los modos en que un matemático competente puede usarlo a la hora de ocuparse en la resolución de diferentes problemas. Y aunque esos ‘modos’ de uso pueden ser en extremo variados, su univocidad
se obtiene en el contexto de uso para la resolución de un
problema específico.
En este contexto podemos aclarar ahora mejor qué significa (según algunas
corrientes actuales) que el hacer matemático, como en Leibniz, es esencialmente
análisis de problemas, i.e., representar las condiciones de comprensibilidad para la resolución de los problemas. En el sistema
axiomático, la geometría del software que
supusimos, esto es irrelevante, pues las condiciones de comprensibilidad de todo problema
posible están dadas previamente en los axiomas y reglas de inferencia ya programados. La pregunta sin embargo
salta a la vista: ¿qué justifica esos axiomas? Si no tenemos algo así como las
intuiciones cartesianas, parece ilícito apelar a algo así como que son
auto-evidentes. En el contexto de resolución de problemas, los
axiomas son entendidos como hipótesis de trabajo creadas
como condiciones de comprensibilidad del problema, y se justifica en primer lugar porque sirven
para resolverlo. Ahora, como dijimos, hay múltiples condiciones de comprensibilidad a partir de las cuales representar la resolución del mismo problema, y mediante la comparación y
superposición podemos comprender las virtudes y defectos de tales representaciones (apelando, e.g., a criterios
como de simplicidad, importancia, etc.); pero, al mismo
tiempo, la creación de cierta condición de comprensibilidad puede servir para la
resolución de una multitud de problemas que
antes pudieran creerse distanciados o inconmensurables entre sí. De este modo, reinterpretando el criterio de perfección
leibniziano, podemos pensar que la virtud de tales o cuales
representaciones y condiciones de comprensibilidad
está en su capacidad de resolver el mayor número de problemas
con el mínimo de esfuerzo para
su comprensión.
Aquí la palabra esfuerzo merece ciertas aclaraciones. Un
software no se esfuerza en resolver problemas, sino que quien lo hace es un
participante de la comunidad de matemáticos a la hora de comprender,
expresar o lograr la resolución de un problema. Si
para la comprensión de un problema se necesita
excesivo esfuerzo, lo más probable es que la comunidad de matemáticos se resista a darlo por válido. Aquí
queda claro porqué hablamos de la prueba como
con una doble finalidad, no sólo validar la respuesta a un problema, sino
también comunicarlo.
[1] Cf. Leibniz, G. “Diálogo
sobre la conexión entre las cosas y las palabras”; En G. W. Leibniz.
Escritos filosóficos; Charcas, Madrid, 1982.
[2] Cf. Leibniz, G. “¿Qué es
idea?”; En G. W. Leibniz. Escritos filosóficos.
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