La física vitalista de los estoicos I
El epicúreo escoge la situación, las personas e incluso los
acontecimientos que convienen a su constitución intelectual, extremadamente
excitable, renunciando a todo lo demás -es decir, a casi la mayoría de las
cosas–, ya que sería para él un alimento demasiado fuerte y pesado. Por el
contrario, el estoico se ejercita tragando piedras y gusanos, trozos de vidrio
y escorpiones, sin sentir asco alguno, para que su estómago termine siendo
indiferente a todo lo que el azar de la existencia le ponga delante -esto nos
recuerda a la secta árabe de los aissauas que encontramos en
Argelia-. Asimismo, le agrada también contar con un público invitado a
contemplar el espectáculo de su insensibilidad, cosa que el epicúreo rechaza
gustosamente, ¡pues él tiene su “jardín”! El estoicismo puede ser muy
recomendable para hombres sometidos a la improvisación del destino y para
quienes viven en épocas violentas, dependiendo de hombres bruscos e
inconstantes. Pero quien prevé en cierto modo que el destino le permitirá hilar
un largo hilo hará bien en adoptar disposiciones epicúreas; ¡todos los que se
han dedicado al trabajo espiritual lo han hecho hasta hoy! Para ellos,
efectivamente, la mayor de las pérdidas sería verse privados de su fina
sensibilidad y recibir a cambio la dura piel de los estoicos, erizada de púas.
F.
Nietzsche.
1. Introducción.
Los estoicos antiguos (cuyos máximos representantes fueron
Zenon de Citio, Cleantes y Crisipo de Soles), aunque la dividen en tres partes
(lógica, ética y física), consideran a la filosofía como unidad[1],
cuyos frutos o finalidad es el vivir bien, esto es, de acuerdo a la naturaleza
[Cf. G.II.1.1 = Estobeo, Ecl. II,
77, 16-27 = SVF III, 16].
La ética, que busca la consecución de este fin, para llegar así a la felicidad,
debe partir de un conocimiento sobre el orden y legalidad de la naturaleza,
para poder armonizarse con ella. Y al estudio de este orden y legalidad se
aboca ciertamente la física. Así las cosas, como la finalidad última de la
filosofía sería la buena vida, y como además su discurso es esencialmente
unitario; un texto que nos introduzca en la física estoica tenderá a mostrar al
mismo tiempo guiños respecto a su ética. Intentaré, por tanto, hacer un desarrollo más o menos
pormenorizado de la física estoica, centrándome especialmente en lo que tiene
que ver con las relaciones que se entablan entre los cuatro elementos que
componen la physis; de este modo, dar
una imagen del vitalismo estoico para poder concebir lo que éstos entendían
por vida; y, finalmente, mostrar la estrecha solidaridad que hay entre estos
conceptos y la ética de la Stoa.
Para empezar a comprender la física de los primeros
estoicos, se hace necesario este extenso y sintético fragmento extraído de
Diógenes Laercio:
Les
parece que hay dos causas de todo: lo agente y lo paciente. Así pues, el
elemento paciente es una sustancia sin cualidad, la materia, y lo agente es la
razón ínsita en ella, la divinidad. Pues ésta, que es eterna, a través de toda
ella modela todas las cosas. […] Afirman, pues, que hay diferencias entre los
principios y los elementos. Pues aquéllos son eternos e indestructibles;
mientras que los elementos se destruyen en la conflagración ígnea. Además, los
principios son incorpóreos[2] y sin forma, y los
elementos están conformados.
Es
un único ser dios, la inteligencia, el destino y Zeus. Y es llamado con otros
muchos nombres. En un principio, pues, existiendo por sí mismo, transformó toda
la sustancia a través del aire en agua. Y así como en la generación está
contenido el germen, así también él, que es la razón germinadora del universo,
queda latente en lo húmedo, haciendo a la materia capaz para la generación de
los seres próximos. También engendró los cuatro elementos: fuego, agua, aire y
tierra. […]
Los
cuatro elementos, conjuntamente, son la sustancia sin cualidades, la materia.
El fuego es lo caliente, el agua lo húmedo, el aire lo frío, y la tierra lo
seco. Sin embargo, esta última cualidad se encuentra también en el aire. En lo
más alto está el fuego, que entonces es llamado éter, en el que se engendra en
un principio la esfera de los astros fijos, y luego la de los astros errantes,
y como base de todo la tierra, que está en el centro de todas las cosas. [C.III.2.1
= Diógenes Laercio VII, 134-137 = SVF II, 300, 299, I, 102 y II, 580]
Como vemos, los filósofos del pórtico [de la Stoa] intentan explicar los
fenómenos naturales en virtud de dos principios: uno sería lo que hace y, el
otro, lo que padece. Esta distinción funciona en varios niveles. Cuando
hablamos del cosmos en general, por ejemplo, la parte activa es llamada Dios y, la pasiva, materia sin cualidades. Cabe aclarar sin embargo que el estoicismo
parte de un continuismo fundamental de la naturaleza. Con esto quiero decir, en
primer lugar, que esta distinción entre Dios y materia no es real, no son dos
instancias separadas, sino que son una y la misma cosa, que analíticamente es
necesario distinguir (entre el aspecto agente y el aspecto paciente) para poder
comprenderlo. En segundo lugar, el continuismo estoico afirma que todo es
cuerpo, incluso Dios. Esto muestra el carácter fuertemente naturalista de su
física, en tanto entiende que incluso la divinidad, la inteligencia y el
destino son corpóreos. Lo único incorpóreo para los estoicos son el sentido (o lektón), el vacío, el espacio y el tiempo;
pero tales entidades son esencialmente estériles[3],
incapaces de producir efecto alguno, y su función física parece reducirse a ser
el principio pasivo del fenómeno a explicar.
Para continuar el análisis de la relación Dios-materia,
se podrían agregar algunas palabras del propio Zenón:
La
sustancia es la materia primera de todos los entes; toda ella es eterna, y no
crece ni decrece. Pero sus partes no siempre permanecen iguales, sino que se
dispersan y se concentran. Por medio de ella se difunde la Razón del Todo, a la
que algunos llaman Destino, como la simiente en la procreación. [Estobeo,
Églogas I 11, 5 a, pág. 132, 26 W, SVF I, 87.]
Siguiendo estos dos fragmentos, podemos distinguir tres
tipos de materia, a saber; a) la materia primera o Dios, b) la materia sin
cualidades, esencialmente pasiva, c) lo que podríamos llamar ‘materia con cualidades’, que de las tres es la
única que “crece y decrece”. Así las cosas, las dos primeras materias (Dios y
la esencialmente pasiva) coinciden con los dos primeros principios (activo,
pasivo), por lo que son eternos e indestructibles. En la tercera materia es
entonces en donde intervienen los cuatro elementos, y son producidor por la
relación de las dos anteriores[4]. Siguiendo además Diógenes
Laercio, VII 15, SVF I, 87[5],
podemos inferir que entre materia con cualidades de un lado, y los dos
principios por otro, hay una relación de parte-todo. Los cuatro elementos son
las partes de Dios, y Dios fluye por ellos. Tengamos en cuenta, además, lo que
ya dijimos de los dos principios: el universo para los estoicos es continuo y
unitario, por lo que hay que evitar pensar que existen dos instancias
separadas, una que sería Dios, y la otra los fenómenos constituido por los
cuatro elementos; esto a pesar de la tentación a platonizar el estoicismo que nos da
el hecho de que a Dios se lo afirme como eterno (ni crece ni decrece) mientras
que a las cosas compuestas por los cuatro elementos se dice que están en
perpetuo devenir. En el fondo, todo es idéntico a sí mismo, pero ese fondo, al
ser viviente, produce una continua diferenciación, por lo que, digamos, “en la
superficie” todo cambia[6].
Pues bien, esta ambigüedad de la noción de ‘materia’ se
prolonga en la noción de ‘fuego’; pues nuestros autores recuperan la tesis
heraclítea según la cual Dios es fuego. En la siguiente entrada sobre La física vitalista de los estoicos, teniendo en
cuenta que ellos distinguían entre los cuatro elementos, a dos como
pasivos (agua y tierra) y a dos como activos (fuego y aire)[7];
me dedicaré a desarrollar éstos últimos, empezando por aclarar la ambigüedad,
hace un momento señalada, que encontramos en la noción estoica de fuego.
[1] “Comparan la filosofía a un ser vivo, comparando la
lógica a los huesos y nervios, la ética a las partes carnosas y la física al
alma. O, en otra comparación a un huevo, la cáscara es la lógica, la clara es
la ética y la parte central, la física. O a un huerto frutal: la valla que lo
rodea es la lógica, las frutas son la ética, y la tierra y los árboles, la
física.” [A.II.1.2 = Diógenes Laercio VII, 39-41 = SVF II, 37, I, 37, 45, 46 y
482].
[2] Creo que éste es un error de
Diógenes Laercio, teniendo en cuenta que para los estoicos, como diré más
tarde, aquello que es incorpóreo es esencialmente estéril, por lo que de
ninguna manera puede ser principio activo de nada. Así las cosas, parece fuertemente
cuestionable llamar a Dios incorpóreo. “De ningún modo creía [Zenón] que […] lo
que produce algo o es producido pudiera no ser cuerpo” [Cicerón, Académicos posteriores I 39, SVF I, 90]
[3] “Llamo ‘incorporales’ a lo que es limitado por los
cuerpos pero no los limita” [Diógenes
Laercio, VII 140, SVF I, 95].
[4] Para evitar alguna confusión cabe aclarar que “no es
elemento ni principio el resultado de una mezcla sino los componentes de una
mezcla” [C.III.2.5 = Plutarco, De comm.
not. 1085 c-d = SVF II, 444]. Es decir, los principios no producen a los
elementos, sino todas las cosas, y todas las cosas están compuestas por los
cuatro elementos (la única excepción parecen ser las entidades que podríamos
llamar ‘supra-lunares’, que sólo se componen de aire y fuego; y algunas fuentes
incluso afirman que el eter, que se encuentra en la zona más extrínseca del
universo, es fuego puro). Esto refuerza, además, la idea de que no es que haya
una entidad por un lado que sería Dios, y otra, por otro lado, que sería la
materia; sino que ambos son principios que están presente en todas y en cada
una de las cosas.
[5] “Dicen que la sustancia de todos los entes es la
materia primera como…. Zenón;… pero sustancia y materia se predican de dos
maneras: de todas las cosas y de cada una de las partes. De una manera, aquélla
no crece ni decrece; de la otra, crece y decrece.”
[6] Ésta idea tendrá un gran efecto en la ontología de
Spinoza, para quien todas las cosas no son sino modos de una única sustancia
que, aunque eterna e inmutable, es inmanente a aquellos modos.
[7] “Los estoicos dicen que de los elementos los unos son
pasivos y los otros activos. Activos son el aire y el fuego; pasivos, la tierra
y el agua”. [C.III.2.3 = Nemesio, De
natura hominis 164, 15-18 = SVF II, 418]
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