La física vitalista de los estoicos II
2. Los elementos activos.
2.a.
El fuego[1].
“Así, pues,
conviene prestar atención y comprender lo que se ha dicho mediante el examen
crítico de lo que los filósofos y el resto de poetas cuentan. Después de negar
la existencia de los dioses, de nuevo la reconocen y dicen que llevan a cabo
actos impíos. Y el primero de quien los poetas cantan con voz más firme sus
actos perversos es Zeus. Por otro lado, ¿cómo es posible no reconocer que
Crisipo[el estoico] dice muchas tonterías, si explica que Hera mantiene relaciones con Zeus
por su boca infame?” [8 Theoph. Antioch. Ad Autolycum III 8. SVF II 1073.]
“Hay quienes
hablan mal de Crisipo porque ha escrito muchas cosas en forma vergonzosa e
indecible, ya que en su obra Sobre los antiguos filósofos de la naturaleza
reelabora la historia de Zeus y Hera, diciendo en seiscientas líneas lo que
nadie podría decir sin ensuciarse la boca. Efectivamente, convierte –dicen-
esta historia en algo muy indecente y más propio de prostitutas que de diosas,
aunque lo apruebe en la medida en que se relaciona con su doctrina física” [42
D. L. VII 187. SVF II 1071.]
“¿Y qué? ¿No
eligieron también los sabios más famosos el placer y mantuvieron relaciones
sexuales con las que quisieron? El primero de ellos (Sócrates), maestro de la
Hélade, de quien el mismo Febo dijo: de todos los hombres Sócrates el más
sabio, ¿no propuso que en la ciudad mejor regida, en Esparta, las mujeres
fuesen comunes y ocultó bajo su manto al bello Alcibíades? El socrático
Antístenes, por su parte, escribió sobre la necesidad de que el llamado
adulterio no fuera rechazado. Pero, además, su discípulo Diógenes, ¿no mantuvo
relaciones con Laya libre y públicamente? ¿No eligió Epicuro el placer? ¿No se
entregaba Aristipo, todo perfumado, a Afrodita? ¿No dice Zenón, dando a
entender que es indiferente, que lo divino se halla en todos a fin de que los
inteligentes comprendan que, sea quien sea con quien se mantienen relaciones sexuales,
es como tenerlas con uno mismo, y que es inútil proscribir los llamados
adulterios o las relaciones con la madre, la hermana o los hijos? Crisipo,
asimismo, en las Cartas Eróticas menciona la pintura de Argos, y coloca la cara
de Hera junto a las vergüenzas de Zeus” [5 Cle. Rom. Homil. V 18. SVF II 1072.]
En este sub-apartado (2.a.) intentaré en primer lugar
distinguir tres modos de darse del fuego (que podemos llamar ‘eterno’,
‘creciente’ y ‘vacilante’); y, en segundo lugar, desarrollar la relación que el
fuego mantiene con el agua, que es su elemento paciente por excelencia, por lo
que, espero, quedará más claro cómo operan los dos principio estoicos macro (lo
que hace y lo que padece) en casos más particulares.
Los
estoicos dicen de dios que es inteligente, un fuego capaz de arte que precede
metódicamente a la creación del cosmos y que abarca todos los principios
seminales de acuerdo con los cuales acontece todo aquello acorde con el
destino, y es un hálito que recorre todo el cosmos y que adopta diferentes
nombres según la materia que él atraviesa [C.III.3.1
= Aetio I, 7, 33 = SVF II, 1027]
El
fuego primero es, en realidad, como una semilla que contiene las razones de
todas las cosas y las causas de las que fueron, son y serán. La vinculación y
la sucesión de éstos constituyen, a su vez, el destino, la ciencia, la verdad y
la ley de los entes, algo insoslayable e ineludible [C.III.8.4 = Aristocles en
Eusebio, Praep. evang. 15, 14,
2 = SVF I, 98]
Como venía caracterizando, Dios (el fuego eterno) es el
principio inmanente, vital y racional de todas las cosas. La elección de este
elemento, de inspiración como dije claramente heraclítea, tiene que ver con que
la sustancia del mundo debe ser una producción de sus propias diferencias (para
no romper la inmanencia que existe entre Dios y todas las cosas), por lo que
debe estar hecho de un elemento esencialmente destructor (al punto de
“destruirse” a sí mismo). Lo mismo que Heráclito, la sustancia y la ley del
mundo son uno y lo mismo. El fuego primero debe ser eterno porque, no sólo es
el principio activo que produce todas las diferencias, sino que también es la
ley de esa diferenciación. Por eso uno de sus múltiples nombres es “Destino” o “Providencia”
(los estoicos eran deterministas, no creían en el agustiniano libre albedrío),
cuya ley última es la conflagración universal, en la que todas las cosas son
destruidas deviniendo el fuego del cual partieron, y a partir del cual, según
la ley del Eterno retorno (que hará mella en Nietzsche y tal vez en los
teóricos del “Big Crunch”), se regenerarán una vez más todas las cosas, y así
infinidad de veces[2].
Por otro lado, la elección del fuego como elemento primero o
primordial (Arkhé) es que debe, no sólo destruir, sino dar vida al
universo. Debe ser un principio viril o vigoroso[3],
que le dé calor y movimiento a todas las cosas (con mucha imaginación,
consideraban el fuego como algo análogo a nuestro concepto de energía).
Porque el caso es que
todo lo que se alimenta y experimenta un crecimiento contiene en sí la fuerza
del calor, sin la cual no podría alimentarse y tampoco crecer. Resulta que todo
lo que es de carácter cálido e ígneo se impulsa y actúa mediante su propio
movimiento; por otra parte, aquello que se alimenta y crece se sirve de una
especie de movimiento concreto y equilibrado; en la medida en que éste
permanece en nosotros, permanece la sensación y la vida, pero, una vez enfriado
y extinto el calor, declinamos y nos extinguimos también nosotros. [C.III.3.4 = Cicerón, Nat. deor. II, 23-26 =
SVF I, 513]
Por último, lo que debe distinguir al fuego de los otros
elementos, para no romper con el continuismo fundamental de la naturaleza, debe
ser una cualidad gradual que lo haga relativa (y no absolutamente) más
excelente que los demás elementos. Así, el fuego es el elemento más rápido y
ligero, siguiéndole en orden descendente, el aire, el agua y la tierra. Así, el
ciclo universal produce los elementos del más rápido al menos ligero; mientras
la conflagración universal sigue el camino inverso:
El
universo nace cuando desde el fuego la sustancia se vuelve a través del aire en
humedad, y entonces la porción espesa de ésta se condensa y concluye en tierra,
y la de mayor ligereza se hace aire, y ésta rarificándose aún más da nacimiento
al fuego. Luego por mezcla de estos elementos nacen las plantas y los animales
y las otras especies de seres. [C.III.1.2 = Diógenes Laercio VII, 142 = SVF
I, 102]
El fuego segundo (que
llamaré creciente) como vemos es en realidad el tercer elemento en crearse,
pues le es esencial el agua (algo que, a nosotros, modernos, nos resulta
bastante curioso). A diferencia del fuego primero, crece y decrece; pero al
igual que éste, es responsable de la vitalidad, calor, vigor, luminosidad y
animosidad de cada cosa que tenga estas cualidades. Podríamos decir que el
fuego eterno es universal, presente en todas las cosas, siendo siempre el
mismo; mientras el fuego creciente sólo aparece en cada cosa en particular, y
es distinto en cada cosa que compone. Ahora bien, todo esto que dijimos del
fuego creciente, puede decirse de igual modo (con pocas variantes) del fuego
vacilante. La diferencia es que el primero es productivo mientras el segundo es
destructor[4]:
Zenón
dice que el sol, la luna y cada uno de los otros astros son inteligentes y
sabios, ígneos pero de un fuego capaz de arte. Hay, en efecto, dos clases de
fuego: uno, ajeno al arte, que transforma el alimento en su propia sustancia, y
otro, por el contrario, capaz de arte, que hace crecer y conserva, como el que
se encuentra en las plantas y los animales, el cual es naturaleza y alma. De
semejante fuego está hecha la sustancia de los astros [C.III.3.3 = Estobeo, Ecl. I, 213, 15-21 = SVF I, 120]
Dicho esto, de todas las cualidades del que es responsable
el fuego, el vacilante es incapaz esencialmente de una: la vitalidad. El fuego
creador es el alma del mundo, el fuego creciente es el alma de los cuerpos
vivos, y el fuego vacilante no es alma de nada, sino que se nos aparece en los
casos que típicamente hablaríamos de fuego (el que usamos para prender la
hornalla, por ejemplo).
En este momento se hace menester entonces desarrollar la
teoría del pneuma. Ya vimos
anteriormente que Dios es caracterizado como simiente, como razón seminal.
Zenón
dice que el esperma que el hombre
emite, pneuma con humedad, es
parte y fragmento del alma, mezcla del esperma de sus progenitores y fusión total de las partes del alma. Al tener, en efecto, las mismas
proporciones que el Universo, cuando es lanzado hacia la matriz, favorecido por
otro pneuma, parte del alma de la
hembra se vuelve connatural a él, y lo engendran en secreto, y al ser movido y
reanimado por aquél, adquiere de continuo humedad y con ella se acrecienta. [Eusebio, Preparación evangélica XV 20, 1, SVF I, 128]
En lo primero que tenemos que llamar la atención es la
siguiente proporción: Dios es al mundo lo que el alma al cuerpo viviente. El
alma no es separada, se derrama en todo el cuerpo, y es ella misma corpórea[5].
Habría que decir más bien que el alma es el principio activo del cuerpo (por
eso no puede ser incorporal, pues de serlo, sería estéril), a la vez que uno y
lo mismo que él. Por eso debe estar hecho de elementos activos (todas las
fuentes coinciden con el fuego, y la mayoría agrega el aire). Además, la parte
más rápida del alma se encuentra en el esperma, que tiene una función meramente
productiva. Sin embargo, para poder sobrevivir, todo este fuego necesita de
agua, de humedad, de la cual se alimenta y con la cual se acrecienta. Nada hace
crecer el fuego sin agua. Es más, la muerte es definida por Zenón como la
separación del alma (fuego) del cuerpo (lo que le da humedad al alma). Resumiendo, el fuego creador es quien crece, quien vive,
conservando humedad, no destruyéndola. Es un principio masculino, espermático,
vigoroso, activo. Mientras que el agua un principio femenino, pasivo, de mera
fertilidad[6]. No obstante, se hace
necesario, además del crecimiento producto del fuego, y la alimentación (que
tiene por principio pasivo al agua), que el alma tenga un principio de cohesión
que le dé estabilidad, frente a la tendencia centrífuga del fuego.
Crisipo
de Solos, el estoico más cínico…
murió
riéndose de su propio chiste.
Brittish
Museum, Londres
1.b.
El aire.
Llaman ‘tiniebla’ al
aire sin luz, por estar, según parece, vacío de luz; y recibe el nombre de
‘nube’ el aire que cae y se adensa por ser negación de luz. Además, ‘fosca’ y
‘neblina’, y cuanto no permite a la vista discernimiento de la luz son
diferencias del aire. Y lo que tiene de invisible e incoloro ha dado el nombre
Hades y Aqueronte. Así pues, así como el aire es oscuro cuando falta la luz,
así es frío por la pérdida de calor y nada más. Por ello es llamado ‘tártaro’,
por la frialdad. Lo muestra Hesiodo cuando dice: Tártaro pleno de aire [Teog.
119], y al tiritar y temblar de frío se le dice ‘tartarízein’. Ésta es la
razón, pues, de esos nombres.
Puesto que la
destrucción es el cambio de aquello que se destruye en su contrario respectivo,
veamos si es correcto aquello de ‘Muerte del fuego, nacimiento del aire’
[Heráclito, 76 DK]. Pues, en efecto, también muere el fuego como un ser vivo, o
extinguido violentamente o porque se debilita él mismo. Pues bien, la extinción
hace más evidente su transformación en aire, pues el humo es una forma de aire.
[C.III.3.5 = Plutarco, De primo frigido
948 d-950a = SVF II, 430]
Algunos le atribuyen [al
aire] una estructura basada en corpúsculos separados, como el polvo, y se
alejan mucho de la verdad. En efecto, la capacidad energética de un cuerpo
existe exclusivamente en virtud de la cohesión que le proporciona su unidad,
puesto que sus partes deben colaborar a mantener la tensión y aportar
conjuntamente sus fuerzas. Ahora bien, el aire si se escinde en átomos se
dispersa; y los cuerpos disgregados no pueden mantenerse en tensión. Te
mostrarán la tensión del aire los cuerpos hinchados, que no ceden ante los
golpes; te lo mostrarán los objetos pesados arrastrados a lo largo de un buen
trecho por la acción del viento; te lo mostrarán las voces, apagadas o claras,
según la intensidad de la emisión del aire. […] Consideremos las cosas que
desarrollan en secreto su enorme energía: semillas extremadamente pequeñas,
cuya insignificancia encuentra lugar en los intersticios de las piedras, llegan
a adquirir tal fuerza que echan abajo enormes rocas y deshacen monumentos; de
vez en cuando, raíces menudísimas y apenas visibles hienden escollos y peñas.
¿Qué otra cosa es esto sino la tensión de una corriente de aire, sin el cual
nada tiene fuerza y contra el cual nada la tiene? Y que el aire es indivisible
puede deducirse incluso de lo siguiente: nuestros cuerpos tienen cohesión
interna. En efecto, ¿qué otra cosa es la que los mantiene sino el aire?; ¿qué
otra causa mantiene la actividad de nuestro espíritu?; ¿qué movimiento le es
propio sino la tensión?; ¿qué tensión sino la que procede de la unidad?; ¿qué
unidad si el aire no dispusiese de ella?; ¿y qué otro factor produce los
frutos, las cosechas ruinas, hace surgir árboles verdes, despliega sus ramas o
los eleva a las alturas, sino la tensión y la unidad del aire? [C.III.5.3 = Séneca, Nat. Quaest. II, 6, 2-6]
Quiero empezar a hablar del aire teniendo en cuenta estos
dos largos fragmentos pues parecen entrar en cierta contradicción, ya que:
según Plutarco, el aire coincide con la muerte, pues es el principio activo que
se opone al fuego; y, por lo tanto, tan frío y oscuro como la muerte. Mientras,
para Séneca, el aire es un principio esencialmente vital. Plutarco tiene razón
al oponer el aire y el fuego, en tanto que la relación entre ambos elementos
activos genera todas las cosas, y esta ciertamente es su relación de tensión,
de contrarios -lo cálido y lo frío-. No obstante, parece erróneo considerar al
aire como la muerte, sobre todo teniendo en cuenta que Hades es más bien el
nombre de la tierra (no sólo porque ésta también es fría y oscura, sino por una
cuestión geográfica: el Hades queda bajo tierra, y el aire, al ser más ligero,
no puede sino tender hacia los cielos). Si el fuego es un movimiento de
exhalación, centrífugo (el fuego se expande); el aire, por el contrario, es un
movimiento de inhalación, centrípeto, de cohesión. Al calor y al frío hay que
pensarlos menos como estados de cosas que como movimientos; respirar (acción
esencial para la vida) es necesario para enfriar el calor interno (o así
opinaban los estoicos), pero sería inútil sin este calor.
El aire es llamado por eso tensión, solidez; se encarga de
mantener cohesionadas las cosas, le da dureza a la tierra y al agua. Es el
mismo aire el que le da tensión al alma virtuosa (ya que el vicio es para los
estoicos la debilidad del alma vacilante). En este sentido sigue siendo
ilustrativa la hermosa pluma de Séneca:
La
existencia de la tierra está vinculada a la del aire, y me refiero no sólo al
aire al que debe su cohesión y la unión entre sus componentes -éste está
encerrado hasta en las piedras y los cuerpos muertos-, sino que me refiero al
que da vida, fuerza y sustento a todo. […] Este cielo entero al que circunda el
éter siempre en llamas y zona la más elevada del universo; todas esas
estrellas, cuyo número no puede calcularse; toda esa conjunción de cuerpos
celestes; por prescindir de otras cosas, este sol que describe su órbita tan
cercana a nosotros, de un volumen superior al doble de la tierra, se lo
reparten entre sí y, como es sabido, no se mantienen de nada más que de los
efluvios de la tierra. Éste es su alimento, éste es su pasto. Y no podría
nutrir a tantos cuerpos, mucho mayores que ella misma, si no estuviera llena de
energía que exhala día y noche por todas sus partes. En efecto, es imposible
que no le sobren cantidades de las materias que se le exigen y se toman de
ella. Es cierto que lo que sale nace de momento. En efecto, no tendría reservas
constantes de aire -destinado a provisionar tantos cuerpos celestes- si éstos a
su vez no lo devolvieran y, cada uno por disgregación, no se transformara en
otra cosa [C.III.4.7 = Séneca, Nat.
quaest. VI, 16].
Para terminar este apartado, quiero traer a colación un
texto del Profesor Pau Gilabert Barberà[7],
en que se analiza porqué la relación sexual (que de forma mitológica -y
sarcástica- explica el origen del mundo- entre Hera (el aire) y Zeus (el
fuego), en las Cartas eróticas de
Crispio, es un fellatio en lugar de
la forma tradicional del coito. La razón que nos da Barberà es que no hay que
entender la relación entre los dioses como masculino-femenino (cuyo equivalente
sería fuego-agua, siendo el segundo pasivo) sino entre dos fuerzas que los
hermana el ser ambas activas (el énfasis no está en la relación marido-mujer,
sino en la de hermanos[8]).
Hera no será fecundada por Zeus (lo que lo relacionaría con el agua) sino que
debe enfriar su esperma-fuego. Esta idea la refuerza con la teoría estoica
según la cual el alma (la animalidad) ingresa en el feto (que es hasta ese
momento más parecido a un vegetal) cuando éste sale de la madre, y se enfría
con el aire del entorno. Y es que el animal necesita más aire que el vegetal
porque su alma está más cohesionada (tiene una unidad más jerarquizada o
sistematizada), y, por ende, puede ser más propiamente un ser moviente.
[1] Leer la primera parte en la
entrada sobre los estoicos anterior: https://leibnicianadas.blogspot.com/2025/01/la-fisica-vitalista-de-los-estoicos-i.html
[2] “Cleantes se expresa más o menos
así: una vez que todo se ha transformado en fuego, primero se torna compacta la
parte media; después, a partir de ella, se va apagando en todas las partes. Una
vez que todo llega a ser líquido, la porción extrema del fuego, a causa de la
resistencia de la parte media, vuelve hacia atrás, y, luego, así vuelta -dice-
se expande hacia arriba y comienza a ordenar el Todo. Y mientras de continuo va
desarrollando este ciclo y este ordenamiento, no cesa la tensión en la sustancia
de todas las cosas. Así pues, como todas las partes de un individuo [viviente]
surgen de las semillas en los lapsos debidos, así también las partes del Todo,
entre las cuales vienen a estar los animales y las plantas, surgen en los
lapsos debidos. Y como algunas razones de las partes, en unión con la semilla,
se mezclan, y después de nuevo se separan, con lo cual surgen las partes, así
también de una sola cosa surgen todas, y de todas se constituye una sola, y de
este modo, regular y armoniosamente, se cumple el ciclo.” [C.III.5.1 = Estobeo, Ecl. I, 17, 3 = SVF I, 497].
[3] “Heracles es la tensión que en
todas las cosas existe, gracias a la cual la naturaleza es fuerte y poderosa,
invencible e insondable, dispensadora de fuerza y causa de potencia aun en una
de las partes”. [C.III.5.2 = Cornuto 31 =
SVF I, 514]
[4] En este sentido es un fuego
tercero, no sólo porque sería el último en aparecer en la cosmogonía, sino
también es el último elemento del universo, el cual se encarga de destruir a
todas las cosas, hasta quedar sin nada que consumir, y, por tanto, él mismo
desfallecerse.
[5] “Dios […] mismo transita a través
de la materia como el semen a través de los órganos genitales.” [Calcidio, Comentario al Timeo de Platón 294,
SVF I, 87]
[6] Esta relación entre el fuego y el
agua es análoga al del hombre y mujer; el primero aporta la causa activa de la
procreación, la segunda, aunque estéril (pasiva), se encarga de alimentar y
acrecentar al feto. Esta analogía se prolonga también a la relación de Dios y
la materia sin cualidades ya que una de los nombres del agua es “caos”, que
Dios debe ordenar. Pero a la inversa del demiurgo platónico, el caos no es en
continuo sobresalto -caracterización más cercana al del fuego vacilante- sino
que debe estar en calma, pues Dios -el fuego- es también principio de
movimiento, por lo que el caos no haría sino de alimento para ese movimiento
(sería aquello que padece el movimiento, y por lo tanto, debe conservarse, no
consumirse).
[7] Barberà, P., “Eros en la física
del estoicismo antiguo (¿por qué Crisipo pensó en una fellatio cosmogónica?)”, en Itaca,
Quaderns Catalans de Cultura Clàsica. Vol. I, Barcelona, 1985, pp. 81-106.
[8] Lo cual, no debe extrañarnos,
teniendo en cuenta que los estoicos no reprueban el incesto.
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