El legado de Darwin, ¿qué significa hoy la evolución? I
John A. Dupré es un filósofo de la biología nacido en Inglaterra en el año 1952, conocido por su defensa de una metafísica pluralista (en oposición al reduccionismo, por ejemplo, fisicalista o genocéntrico). Se suele incluirlo en la llamada “Escuela de Stanford de Filosofía de la Ciencia”, junto a figuras como Nancy Cartwright, Peter Galison e Ian Hacking. Esta escuela puede caracterizarse por su antirreduccionismo, su rechazo a reducir las ciencias a explicaciones basadas únicamente en leyes universales o niveles fundamentales (los argumentos de Cartwright en How the Laws of Physics Lie son particularmente influyentes), y su defensa en la autonomía o diferencias de estilo de razonamiento de las distintas ciencias, el experimentalismo y las prácticas científicas, incluyendo sus impactos sociohistóricos y su dependencia a desarrollos de elementos culturales como los instrumentos y tecnologías. En términos generales, tiende a una concepción “contingentista” de la historia de la ciencia, muy el línea a los trabajos del paleontólogo Stephen Jay Gould.
Pensemos por ejemplo en esa idea popular (y antropomórfica) de que la evolución como constreñida por una direccionalidad, dirigida progresivamente hacia la vida inteligente. Los contingentistas, en cambio, pondrán el énfasis en que un evento tan poco biológico como la caída de un meteorito hace 66 millones de años produjo la extinción de aproximadamente el 75% de las especies sobre la Tierra, entre ellos, los dominantes dinosaurios no aviares. La extinción de estos últimos dejó miríadas de nichos ecológicos bacantes por el mundo, muchos de los cuales fueron ocupados por los descendientes de algo parecido a un roedor que no podía más que vivir escondido y temeroso de los grandes saurios (o incluso de los más pequeños); y ese es sólo uno entre varios eventos (no menos azarosos que catastróficos) que hicieron posible la aparición de los homínidos[1]
Varias decenas de millones de años después de la afortunada (para nosotros) caída de ese meteorito, un poco más precisamente, en 2005, Dupré tuvo a bien publicar el libro divulgativo Darwin's Legacy: What Evolution Means Today. Este libro no solo aborda la teoría de la evolución desde una perspectiva científica, sino que también explora sus implicaciones metafísicas, como la existencia de Dios, nuestra visión de la naturaleza humana, nuestro lugar en el cosmos y nuestra relación con otros seres vivos. Mi plan será en un puñado de entradas del blog presentar un resumen y distintos comentarios a cada capítulo de esta obra. Los comentarios serán muchas veces necesarios debido a cierta parquedad de nuestro autor a la hora de especificar ejemplos empíricos y de discusiones históricas para reforzar y aclarar su punto, quizás por su afán de privilegiar la brevedad en un texto que pretende ser divulgativo; además de agregar ciertas actualizaciones, pues en las últimas 2 décadas pasó mucha agua bajo el puente de la biología evolutiva (sobre todo con la revolución de la Síntesis evolutiva extendida).
[Tal vez no tan] curiosamente,
este libro fue publicado el mismo año en que se llevó a cabo el caso Kitzmiller
contra el Distrito Escolar de Dover, que estableció la inconstitucionalidad
de enseñar el Diseño Inteligente como una alternativa científica a la teoría de
la evolución en las escuelas públicas de Estados Unidos. Además de ello,
Dupré también expresa, en el prefacio e introducción del libro, su preocupación
por la creciente tendencia a utilizar narrativas seudocientíficas para explicar
rasgos de la naturaleza humana basados en supuestas exigencias de nuestra
historia evolutiva, una práctica que, según él, ha generado numerosos best-sellers
que a menudo desinforman al público.
Respecto a la hipótesis de Dios, nuestro autor aborda la cuestión de si es posible reconciliar las ideas evolutivas con la fe cristiana u otras formas de teísmo. En este punto, se alinea con Richard Dawkins y los cristianos fundamentalistas (o literalistas bíblicos), argumentando que las concepciones evolutivas y religiosas están en conflicto, por lo que justifica que las personas religiosas sientan temor ante la aceptación honesta del pensamiento evolutivo. Esto significa un rechazo a la idea de Stephen Jay Gould de los "magisterios no superpuestos" (NOMA), que sostiene que la ciencia y la religión no deberían interferir entre sí. La única manera de evitar esta superposición, defenderá Dupré, es que la religión no reclame autoridad sobre cómo es nuestro mundo; algo que rara vez ocurre.
Dupré se declara como escéptico y empirista (lo que suele llamarse un defensor de escepticismo científico). Por un lado, considera que “el escepticismo siempre ha sido una de las mayores contribuciones intelectuales de la filosofía” [p. 14] y que el entusiasmo de los filósofos por la ciencia se debe menos a sus “verdades” que a sus métodos cautelosos y su espíritu falibilista (considerar que incluso nuestro mejor conocimiento es provisional). Un ejemplo paradigmático, tal vez el más exagerado, es el de Karl Popper: quien defendía que ninguna afirmación científica debía ser necesariamente considerada verdadera -aunque también creía que el método científico tiende a aproximarnos a la verdad… no dejaba de ser un Realista Crítico Falibilista-; sino que la fuerza de la ciencia reside en su espíritu crítico y su disposición a refutar hipótesis (o -en el mejor de los casos- tasar el “temple” de las hipótesis capaces de resistir el asedio de esos intentos de falsación).
En cualquier
caso, el escéptico se dedica a indagar “si disponemos de sólidos fundamentos
para creer todas las cosas que la ciencia, la autoridad, la tradición y demás
nos alientan a creer” [p. 25]. Defenderá en ese sentido que los elementos
esenciales de la teoría de la evolución logran superar el desafío escéptico,
aunque existan dentro de esta misma teoría varios elementos que continúan en
disputa al interior de la comunidad científica.
En cuanto al empirismo,
lo define como “el compromiso de considerar que el conocimiento se basa, en última instancia, sobre las
evidencias de la experiencia” [p. 16]. Por lo tanto, “proporciona el estándar
al que las creencias deberían adecuarse” para superar los desafíos escépticos
[p. 25]. Es el tribunal de la experiencia nuestra mejor guía para juzgar y
descubrir cómo es el mundo que habitamos; y si bien la ciencia siempre busca
partir de este dictum, no siempre los científicos particulares
estuvieron a la altura de semejantes exigencias.
Sin embargo,
advierte que este empirismo es una forma bastante austera de decidir qué creer,
por lo que puede resultar apático a la gente más dispuesta a narrativas más
espectaculares y maravillosas. Pero si algo nos ha enseñado la historia de la
ciencia es que mediante semejante aspereza es posible aprender nuestro mundo a
niveles increíblemente profundos.
Así las cosas;
a partir de ese escepticismo Dupré considerará sospechosa no sólo las tesis
religiosas sino algunas pretendidamente científicas, como los intentos de
considerar la evolución como la llave para comprender todo lo hondamente
humano.
Contrapone, por
tanto, como dos extremos a:
a)
el pensamiento religioso, que defiende un
discontinuismo metafísico o esencial entre humanos y los demás animales, en particular,
atribuyéndoles a los primeros un alma inmortal;
b)
los psicólogos evolutivos (psico-evos), que
buscan la naturaleza humana en nuestro parecido con otros animales. Por
ejemplo, “el argumento de que las mujeres tienden naturalmente a buscar hombres
de sustanciales recursos puede presentarse junto con una exposición acerca del
pájaro alcaudón gris”; o “la descripción de patos acechantes ocultos atrás de
los arbustos, que se revelan de un salto para asaltar sexualmente a Ias patas
que pasan, se presenta como evidencia de que también los hombres pueden tener
una disposición natural a la violación” [pp. 17-18].
Dupré considera
a estos últimos argumentos analógicos algo deficientes.
“El hecho de que un rasgo se
desarrolle en una especie tan sólo demuestra que puede desarrollarse, y el
hecho de que algunas otras especies carezcan de ese rasgo demuestra que puede
no desarrollarse. Los detalles de la conducta de especies no relacionadas entre
sí son, por lo tanto, de escasa relevancia cuando
se trata de entender una especie en particular” [p.18].
En la Introducción apela al argumento clásico de que lo que nos diferencia es la cultura, el pensamiento y el lenguaje, no tanto su existencia en humanos (también podemos observar esos fenómenos en otros animales), sino por su enorme diferencia en el orden de complejidad respecto a ellos. Uno podría pensar que dentro de una explicación pueden convivir tranquilamente tanto los factores culturales como los biológicos que le interesan particularmente a la psico-evo. El holismo de Dupre justamente apunta a que en la evolución humana se ven involucrados e integrados elementos biológicos, psicológicos, ambientales y culturales. No obstante, esto se ve obstaculizado por la guerra que los psico-evos tienden a declarar al supuesto “Modelo estándar de ciencias sociales”; al que caricaturiza como tabularasista. (Básicamente, afirman que los científicos sociales se aferran al viejo dogma de Locke de que nada hay en la mente que no haya pasado por la experiencia). En contraposición, la psico-evo defiende que los cambios históricos de los últimos años o siglos son muy superficiales dado que la naturaleza humana es en realidad muy pobremente variable, puesto que está constituida esencialmente por módulos mentales. Estos módulos mentales habrían sido generados y fijados (según esta hipótesis de la modularidad masiva) por la selección natural como respuesta al entorno específico del Pleistoceno. La inquietud de Dupré pasa, por tanto, en que las narraciones reduccionistas de la psico-evo terminan siendo recurrentemente muy funcionales al Zeitgeist contemporáneo que permite producir tantos best-sellers fraudulentos, pero que le debe en realidad muy poco a la evidencia fehaciente sobre los hechos de la evolución.
Un caso extremo
de esta imagen reduccionista de lo humano lo encuentra en el libro del biólogo
Ben Greenstein, quien en The fragile male escribe que:
Primero y primordialmente, el hombre
es un fertilizador de mujeres. Su necesidad de inyectar sus genes en una mujer
es tan fuerte que domina su vida desde la pubertad hasta la muerte. Esta
necesidad es incluso más intensa que la necesidad de matar. [citado por Dupré
en la p. 23]
Sin embargo,
los debates con la religión y la psico-evo (así otras formas de reduccionismo)
se desarrollarán respectivamente en los capítulos 4 (“Los orígenes humanos y la
declinación del teísmo”) y 6 (“La naturaleza humana”). Antes de ello, comenzará
el libro explicando para qué sirve (capítulo 3) y qué es la teoría de la
evolución (capítulo 2). Será el capítulo 2 el que abordaremos en la siguiente
entrada.
[1] Richard Dawkins se opone a esta concepción contingentista de la evolución en una reseña sobre Gould, defendiendo una concepción mucho más direccional:
“Mi definición adaptacionista del progreso […] considera que el progreso significa un aumento, no en complejidad, inteligencia o algún otro valor antropocéntrico, sino en el número acumulado de características que contribuyen a cualquier adaptación que ejemplifique el linaje en cuestión. Según esta definición, la evolución adaptativa no es sólo incidentalmente progresiva, sino que es profundamente, intrínsecamente, indispensablemente progresiva. Es fundamentalmente necesario que sea progresiva para que la selección natural darwiniana desempeñe el papel explicativo en nuestra visión del mundo que le exigimos, y que sólo ella puede desempeñar.”
Dawkins, R. (1997), «Human chauvinism», Evolution 51 (3): 1015-1020, JSTOR 2411179, doi:10.2307/2411179. https://sci-hub.st/https://doi.org/10.2307/2411179

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