Reflexión sobre la Verdad II
Deflacionismo, posverdad y las normas de la verdad
En la entrada
anterior[1], mencioné que,
según las encuestas realizadas por David Chalmers y David Bourget en 2009 y
2020 sobre en qué teorías de la verdad creían los filósofos, la teoría
deflacionaria ocupa un cómodo segundo lugar, aunque perdió 5 puntos
porcentuales en esos 11 años. En esta reflexión, quiero profundizar en por qué
considero que el deflacionismo, a pesar de su atractivo inicial, es una postura
filosóficamente problemática, especialmente en un contexto donde conceptos como
"posverdad" y "fake news" están tan de moda.
En esencia, la teoría de la verdad deflacionista postula dos ideas principales:
(i) que la verdad no es una propiedad sustancial o característica de peso de los portadores de verdad (entendiendo por portadores de verdad, por ejemplo: creencias, aserciones, oraciones, proposiciones, etc.)
(ii) que la función del concepto de “verdad” se reduce a su capacidad para permitirnos 'eliminar' las comillas o descomprimir afirmaciones, lo que se expresa en el esquema descitacional (DS):
“p” es verdadero si y sólo si p.
Esta teoría tiene
sus raíces en los trabajos de monumentos de la lógica y las matemáticas como son Alfred Tarski y Gottlob Frege. El primero de
ellos en 1933 publicó su influyente artículo "Pojęcie
prawdy w językach nauk dedukcyjnych” donde presenta su definición semántica de
la verdad. Tal vez deba hacer una entrada dedicada sólo a la teoría de Tarski
que ejerció una harta influencia entre correspondentistas, coherentistas y deflacionistas.
Esta definición formal pretende salvar ciertas paradojas semánticas;
típicamente la paradoja del mentiroso (¿cuál es el valor de verdad de “estoy
mintiendo”?), pero también otras análogas como la de Russell. (El conjunto de
todos los conjuntos que no se incluyen a sí mismo, ¿es un conjunto incluido en
sí mismo?). Justamente de este último va a rescatar algo análogo a la teoría de
tipos, que a Russell le permite postular una jerarquía de conjuntos que no
habilita que un conjunto se tenga a sí mismo como miembro (estas paradojas
suelen incluir siempre un género de autor-referencialidad). En el caso de Tarski,
postula una jerarquía de lenguajes; donde podemos construir, por un lado, un
lenguaje objeto donde no exista el predicado “es verdadero” (por tanto, la
proposición “esta oración no es verdadera” no expresa una fórmula bien formada);
y, por otro lado, un metalenguaje, en el que se pueden nombrar oraciones del
lenguaje objeto, y atribuirles a esas oraciones nombradas el predicado “es
verdadero”. ´
Por ejemplo, tenemos un lenguaje objeto muy similar al catalán donde es una proposición válida “L'herba és verda” (aunque no le asignemos valor de verdad). En ese lenguaje objeto no es una proposición válida:
“És vertader que l'herba és verda”,
dado que no se admite el predicado “es verdadero”. Por el otro lado, tenemos un metalenguaje similar al castellano, donde sí tenemos el predicado “es verdadero”, pero donde tampoco podemos decir “es verdadero que la hierba es verde”. Tarski señaló que aquí tuvo en cuenta a la famosa definición de Aristóteles que explicamos en la entrada anterior: verdadero es “decir de lo que es que es; y de lo que no es, que no es”. Así las cosas, en el metalenguaje podemos obtener el siguiente teorema (o axioma, dependiendo de cómo construyamos el metalenguaje):
“L'herba és verda” es verdadero si y solo si la hierba es verde.
La expresión en
catalán va entre comillas porque no estamos afirmando su contenido sino
nombrando la oración, la cual no pertenece al metalenguaje sino al lenguaje
objeto. Como se ve, lo que se afirma (en el lado izquierdo del bicondicional)
que es verdadero no es un contenido tal como que la hierba es verde; sino que
lo verdadero es la oración del lenguaje objeto.
Tarski presenta
entonces la Convención T ("T" por Tarski y por true, verdad en inglés), según la cual en toda teoría de la verdad plausible,
para cada oración "p", debe ser teorema que:
"p" es
verdadera si y solo si p.
Por tanto, en
nuestro metalenguaje tenemos una infinidad de teoremas del tipo:
“La neu és blanca” es
verdadera si y solo si la nieve es blanca.
“La neu és vermella”
es verdadera si y solo si la nieve es roja.
“La teoria de
l'evolució” es verdadera si y solo si la teoría de la evolución es verdadera.
etc.
Ahora pues, el deflacionismo
es un tipo de reduccionismo según el cual ese conjunto de teorema (o axiomas,
según algunos autores como Horwich) y todo lo que se puede deducir de ello (lo
que implica ciertas restricciones lógicas en las proposiciones válidas que usan
del predicado “es verdadero”) es básicamente todo lo que podemos decir sobre la
verdad. Comprender el predicado de verdad no sería más que comprender su uso
como herramienta lógica que facilita la formulación de generalizaciones y
simplificar ciertos tipos de expresiones[2].
Esta perspectiva
comparte el espíritu y el atractivo que en general encontramos en el
positivismo lógico: pretende resolver problemas metafísicos milenarios
señalando que, en el fondo, son pseudoproblemas. Su observación paradigmática
básica (hecha a principios del siglo pasado por el segundo gran inspirador del
deflacionismo, Gottlob Frege) es que afirmar "p" es equivalente a
afirmar "es verdad que p". Por ejemplo, parece no haber una
diferencia semántica entre decir "mañana va a llover" y decir
"es verdad que mañana va a llover". Según los deflacionistas, la
frase suboracional "es verdad" es allí redundante y no añade nada
sustancial al contenido de la afirmación. Por tanto, el predicado "es
verdadero” se limita a un artefacto lógico para cierto tipo de generalizaciones
(por ejemplo: "todo lo que dice Juan es verdad") o la imposición de
algunas restricciones gramaticales en el uso de proposiciones en que se ve
involucrado el predicado “es verdadero”.
Ahora bien, aunque
el deflacionismo tiene un aire de elegancia y simplicidad, considero que es una
postura filosóficamente contraproducente. En un contexto donde la posverdad y
las fake news proliferan, reducir el debate sobre la verdad a un "truquito
lógico" parece una forma de negligencia filosófica. Pero claro que de lo
que se trata en filosofía es de argumentar, y espero demostrar que el
deflacionismo falla en capturar aspectos normativos y performativos del
concepto de “verdad”, que son esenciales para entender su función en nuestras prácticas
epistémicas y lingüísticas.
Una de las
características clave de la verdad es que opera como una norma de
creencia. Es decir, prima facie, es correcto creer que p si y solo
si "p" es verdadero. Del mismo modo, podemos considerar que la verdad
una norma de aserción, según la cual: si alguien afirma que p y “p”
no es verdadero, entonces esa afirmación es criticable. Esta normatividad no es
bien capturada por el deflacionismo y podemos ilustrarlo considerando el
siguiente ejemplo:
Supongamos que me explicás que los huesos homólogos a los de nuestro oído medio en nuestros ancestros reptiloides cumplían la función de articulación de la mandíbula. Pues bien, si yo te respondo que: "ojo con esto que estás diciendo, porque la teoría de la evolución es falsa", no estoy simplemente expresando una creencia o explicitando su contenido proposicional; estoy pretendiendo establecer que tu explicación es incorrecta y que deberías creer que la teoría de la evolución es falsa. La verdad, en este sentido, no es solo una propiedad formal, sino un criterio que regula la aserción y el desacuerdo racional. Aquí, la afirmación "es verdad que ¬p" (o "es falso que p") tiene un carácter performativo: no estoy sólo diciendo algo, sino también haciendo algo; y no me limito a describir un estado de cosas sino que estoy intentando establecer una norma de creencia según la cual, si no creés que ¬p, estás siendo epistemológicamente irresponsable o negligente.
(Nunca sobra señalar que el símbolo '¬' denota una negación. Afirmar que ¬p significa negar que p. Del mismo modo, afirmar que es verdad que ¬p significa que es falso que p).
Claro que para que ese elemento performativo sea válido yo debo tener alguna autoridad para cometerlo. ¿Cómo adquiero esa autoridad? Básicamente, comprometiéndome con que puedo respaldar que es verdadero que ¬p, o acaso hacerme cargo de las consecuencias de que fuese el caso de que p. Si te digo que no lleves paraguas porque no va a llover, tenés buenas razones para reprocharme si te mojaste por no llevar paraguas.
Cuando afirmo que la teoría de la evolución es falsa estoy adquiriendo compromisos y
produciendo expectativas. En los
términos wittgenstenianos de Robert Brandom[3], al hacer esa
movida en el juego del lenguaje de dar y pedir razones habilito que vos puedas
hacer movidas o preguntas del estilo: "¿Cómo sabés que la teoría de la
evolución es falsa?". Y de darse esa movida, me veo obligado a respaldar
mi afirmación con razones o a retractarme si no puedo hacerlo.
(Los wittgenstenianos tienden a pensar los actos de habla como si fueran movimientos dentro de un juego del lenguaje que habilita y restringe otros movimientos. Piénsese que qué movidas son válidas en una posición de ajedrez depende de las movidas, tanto que hago yo, como las que hacés vos).
Ante esa pregunta
puedo, obvio, ser epistemológicamente irresponsable y acusarte de estar pagado
por la NASA o apelar a algún tipo de falacia ad hominem ("vos decís eso sólo porque sos un ateo"). No obstante, también
puede ser el caso de que me dé cuenta de que no puedo asumir mis compromisos aparentemente adquiridos
(o sea, no puedo demostrarte que la teoría de la evolución es falsa). O, dicho
en otros términos: me doy cuenta de que “afirmé de más”, de que “se me fue la
lengua”, y por tanto voy a intentar retraer mis compromisos de respaldo.
Entonces, en lugar
de decirte que
“es falso que p”
te digo
“creo que es falso
que p”
u
“opino que es falso
que p”.
Claro que expresiones tales como “creo que p” o “es verdad que p” son parasitarias a expresiones tales como “p”. (En lo términos Robert Brandom, no se puede jugar un juego del lenguaje donde se pueda hacer movidas del tipo “creo que va a llover” o “es verdad que va a llover” si no se admite dentro de ese juego del lenguaje movidas del tipo "va a llover". Empero, no es cierto la inversa. Puede imaginarse juegos del lenguaje donde se pueda afirmar "va a llover" sin necesidad de que seamos competentes en el uso de conceptos como "verdad" o "creencia. Afirmar que "va a llover" es una movida primitiva respecto a afirmaciones que implica metacogniciones como "creo que va a llover").
Pero a las luces está que afirmar que “creo que p” no es lo mismo que afirmar que “es verdad que p”. Hay una diferencia performativa. Con afirmar que
“es verdad que p”
hago un acto ilocutorio de, por un lado, establecer como norma de conducta para cualquier sujeto creyente que p, y, por otro lado, adquirir compromisos respecto a respaldar que es verdad que p o, al menos, hacerme responsable de las consecuencias del hecho de que no es verdad que p. En cambio, al afirmar que “creo que p” no estoy implicando ninguna norma de creencia. El hecho de que YO personalmente crea que p (por ejemplo, que la pizza con piña es deliciosa) no te obliga a creer que p (que crea que la pizza con piña es deliciosa no te obliga a creer que la pizza con piña es deliciosa). ¿Cómo retiro esa obligación? Pues diciendo que:
“no digo que sea
verdad, sino que es lo que yo creo, lo que yo opino”.
El análisis anterior también revela por qué expresiones tales como "mi verdad" son problemáticas.
Cuando alguien dice "mi verdad es que la teoría de la
evolución es falsa" está intentando subir el precio de su creencia evadiendo
los compromisos normativos que conlleva afirmar que algo es verdadero. Apelar a
“mi verdad” es una apología a la negligencia epistémica, ya que la verdad no
es una propiedad subjetiva, sino una norma objetiva (o al menos intersubjetiva)
que rige nuestras creencias y afirmaciones.
Todos estos
elementos normativos implicados en el uso del predicado "es
verdadero" son sustanciales e interesantes de investigar, y muestran que
el proyecto deflacionista es filosóficamente insuficiente o, en el peor de lo
casos, epistemológicamente irresponsable. Pero hay algo más: este análisis
revela que no es lo mismo afirmar que "p" que afirmar que "es
verdad que p". Son dos actos ilocutorios diferentes, lo cual implica que
la premisa básica del deflacionismo es falsa.
Para entender mejor
este punto, consideremos lo siguiente: si afirmo que "p", puedo sin
problemas señalar que "afirmo que p". Sin embargo, afirmar que
"si afirmo que p, entonces “p” es verdadero" suena soberbio y pedimos
mayores compromisos epistémicos para pasar del antecedente al consecuente. Esto
muestra que somos más permisivos (o menos exigentes) con expresiones del tipo
"afirmo que p" que con expresiones del tipo "es verdad que
p". La razón de ello es que la fuerza normativa de "es verdad que p" es
superior y, por tanto, para estar autorizado a realizar afirmaciones con semejante fuerza debemos asumir compromisos más pesados.
Por eso no es
contradictorio (sino que implica cierta humildad epistémica deseable, al menos para el falibilismo) afirmar
que
"afirmo que p
(o creo que p) y, sin embargo, es una posibilidad lógica que sea falso que
p".
Esta expresión
refleja un reconocimiento de nuestra falibilidad como sujetos cognoscentes (lo cual, bajo ciertas condiciones, puede considerarse una virtud epistemológica). En
cambio, si aceptamos con el deflacionismo que "p", "afirmo que
p" y "es verdad que p" son equivalentes, debería ser legítima la
sustitución de "afirmo que p" por "es verdad que p". Pero
esto nos llevaría a deducir el inconsistente:
"es posible
que sea verdad que p y, sin embargo, sea falso que p".
(Esto lo podremos abordar mejor analizando la paradoja de Moore que tanto gustaba a Wittgenstein).
Esta contradicción
muestra que el deflacionismo no puede capturar la distinción de fuerza normativa
crucial entre afirmar algo y afirmar que algo es verdadero.
¿Cuál es, entonces la diferencia práctica en esa colección de afirmaciones? Repitamos el primer análisis: al afirmar simplemente que p no estoy explicitando la fuerza vinculante que pretendo darle a la afirmación. Afirmar simplemente que p es consistente tanto con querer establecer que solamente creo que p (respondiendo a una simple norma de sinceridad, de afirmar sólo lo que yo creo) y con el intento de establecer que vos deberías creer que p (estableciendo una norma de creencia). Podemos estar, por tanto, de acuerdo con la observación que hace Frege en su artículo “El pensamiento”, según la cual:
“Es digno de notar que la oración
“Huelo el aroma de las violetas” tiene exactamente el mismo contenido que la
oración “Es cierto que huelo el aroma de las violetas”. Parece, pues, que no se
añade nada al pensamiento al atribuirle la propiedad de la verdad.” [4]
Si limitamos el
pensamiento a su contenido descriptivo (abstrayéndolo de su contenido
normativo), vemos que la expresión suboracional “es cierto” (o “es verdadero”)
no está añadiendo una descripción complementaria. (Que sea el caso que huelo el aroma de las violetas es lo mismo que sea el caso que es verdad que huelo el aroma de las violetas). Así también, podemos
considerar que la creencia de que “p” es la actitud proposicional que tenemos
siempre que tomemos a “p” como verdadero (siendo “p” una proposición); y
también podemos considerar que de que Juan asevere que “p” se sigue que Juan
cree que “p” (a menos que esté mintiendo… o a menos que distingamos entre creer
y aceptar, ver la nota al pie siguiente).
Así las cosas,
aseverar que “p” es un movimiento en el juego del lenguaje que habilita el
movimiento de otros de preguntar “¿cómo sabés que “p” es verdad?”. Pues, si
asevero que p se presupone que creo que p, y si creo que p es (por definición) porque lo
considero verdadero. Pero nótese que yo podría responder de forma legítima lo
siguiente:
“Afirmo que p porque “p” es lo que yo creo”.
En mi respuesta no
aparece una explicación de qué hace que “p” sea verdadero o qué me habilita a
creer en ello. No respondí a la pregunta “¿cómo sabés que “p” es verdad?”, sino
a la pregunta “¿por qué afirmás que p?”. Con esa respuesta no pasa a ser
incorrecta mi primera aserción (“p”), pues es lo que debería decir dado que
creo que p (de lo contrario, pecaría de insincero). Aunque sigue siendo
cierto que no respondí literalmente a la pregunta que se me hizo. ¿Cómo puede
ser válida tanto la pregunta como la contestación, si la contestación no
responde literalmente a la pregunta?
Esto se explica
señalando, primero, que la pregunta es válida dado que al simplemente aseverar
que p no estoy especificando si lo que pretendo es establecer que “creo que p” o establecer que “es verdad que “p””. Estas dos afirmaciones son
parasitarias o derivadas respecto a “p”, e implica un juego del lenguaje más
elaborado. “p”, al ser una afirmación más “primitiva” u “originaria”, está
menos determinada, es más imprecisa, es menos expresiva respecto a qué compromisos de respaldo
estoy asumiendo. Y dada esa indeterminación, vos tenés derecho a saltar a la
pregunta “¿cómo sabés que “p” es verdad?”. Así pues, para salvarme de la
obligación epistemológica de responder a la pregunta, puedo explotar esa
indeterminación al interpretarla como implicando menos de lo que presuponés al
hacer la pregunta ¿cómo sabés que “p” es verdadero?
Nótese por tanto el carácter social encerrado en la expresión “es verdad”.
Aunque yo asevere que
“no dije que sea
verdad, sino que es lo que yo creo”,
sigue siendo cierto
que, si creo que p, es porque considero que “p” es verdadero. En mi fuero
interno parece que no hay tanta diferencia. La diferencia más importante está
en qué movimiento en el juego del lenguaje restrinjo o habilito a los demás.
Eso no quita, cabe
aclarar, que incluso en mi fuero interno no debería considerar sinónimos “creo
que p” y “es verdad que “p””, dado que puedo aceptar sin contradicción que
“si bien creo que
p, es una posibilidad que “p” sea falso”,
aceptación que
manifiesta cierta humildad epistemológica que puede ser virtuosa; y, sin
embargo, no puedo aceptar que
“si bien es verdad
que “p”, es una posibilidad que “p” sea falso”,
ya que es una
contradicción patente.
Empero, para ser
capaz de distinguir entre “creo que p” y “es verdad que “p”” necesito una
competencia conceptual más elaborada, más compleja, que simplemente creer que p; pues espontáneamente al creer que p sin esfuerzo doy a “p” como verdadero
(si no, dejaría de creer que p). En primer lugar, supone que puedo ascender a
un meta-nivel cognitivo en donde, no sólo creo que p, sino que
además sé que creo que p; y que soy cognitivamente competente para notar que el hecho de creer que p no
hace a “p” verdadero. Intentar colapsar, como el reduccionismo deflacionista, ““p” es
verdadero” y “creo que p” en “p”, lo que estamos perdiendo es toda esta riqueza
en competencias conceptuales interesantes.
Pero volviendo a lo
anterior, el punto esencial está en el espacio de escrutinio, deliberación y crítica públicos del uso del lenguaje. De
forma automática al creer que p doy por verdadero que “p”. Si se necesita el
concepto de “verdad” es (en gran medida) porque queremos ascender a la obligación de que todo sujeto
epistemológicamente responsable en la comunidad debe creer que p (o al menos
aceptarlo[5]).
De todo esto no se sigue que al afirmar que “creo que p” me desligo de todos los compromisos epistémicos, si bien me desliga de ciertos compromisos para con “p” (y, correlativamente, me impide exigir compromisos epistemológicamente responsables para con “p” a otros). Y es que la VERDAD sigue siendo una norma de creencia. Cuando las pruebas a disposición subdeterminan (i.e., no hay suficiente para establecer) si debemos creer que p o que ¬p, tengo cierto margen de derecho epistémico a creer que p. No obstante, cuando no estamos en igualdad de condiciones y se me presentan pruebas inconsistentes con que p, allí sí se vuelve vinculante creer que ¬p. Mantener la creencia de que p a pesar de las pruebas en contra también es una forma de irresponsabilidad epistemológica, lo que habilita que se me trate de necio (o como se dice en Argentina, “cabeza de termo”)
Por tanto, retirar
mi compromiso de respaldo -al abstenerme a afirmar que “p” es verdadero y en su
lugar afirmar que sólo creo que p- no elimina mi obligación de cambiar de
creencia ante argumentos o evidencia en contra, o al menos la obligación
racional de responder a esos argumentos o evidencias. No se tiene derecho
epistémico a creer en falsedades, del mismo modo que la libertad de expresión
no me da derechos morales o legales a engañar o calumniar. Asumir compromisos
más livianos no es lo mismo que no asumir ninguno.
Tal vez la
distinción entre afirmar que p (que estoy habilitado a hacer, prima facie,
simplemente porque creo que p, o al menos debería hacerlo si sigo una norma de
sinceridad) y afirmar “es verdad que “p”” quede más clara si introducimos el
problema de la verdad en el contexto que el pragmaticismo desde Peirce
considera paradigmático[6], a saber: en el
contexto de una comunidad de investigadores, que en tanto tales tienen
esencialmente por meta la verdad.
Cheryl Misak[7] (1998), por
ejemplo, escribe que
“una creencia
verdadera es aquella sobre la cual la investigación no podría mejorar, una
creencia que encajaría con la experiencia y el argumento y que satisfaría todos
los objetivos de la investigación, sin importar cuánto se sometiera el asunto a
experimentación, evaluación y debate” (p.408).
Así las cosas, en
un contexto de investigación se vuelve más patente que lo que buscamos no es
afirmar lo que consideramos verdadero, ni ser simplemente honestos o sinceros;
sino buscar la verdad (o algo aproximado) y establecer los requisitos
suficientes para confiar en que la hemos encontrado (al menos hasta nueva
evidencia o argumentos que atenten contra esa confianza epistémica primera).
Nótese que las
críticas realizadas al deflacionismo en esta entrada tiene sentido en contextos
de incertidumbre donde se puede desafiar si alguien que afirma que “p” está en
lo correcto. O sea, en discurso cuyos enunciados componentes sean tales que un
estado de información puede ser neutral, donde no están todos los elementos de
prueba a nuestra disposición para resolver si, o bien p, o bien ¬p. En contexto
donde están todos los elementos de prueba a disposición (por ejemplo, toda la
evidencia relevante) afirmar que
“p”,
“creo que p” o
“es verdad que "p"”
se vuelve
indistinguible. Lo cual no es particularmente sorprendente una vez que sabemos
que la definición semántica de la verdad de Tarski está diseñada para aplicarse en lenguajes completos,
es decir, en aquellos en que todas las proposiciones verdaderas que pueden
formularse en ese lenguaje son también demostrables dentro del mismo lenguaje. Es
allí donde el deflacionismo parece hacer su mejor trabajo y se hacen
pertinentes críticas de índole muy distintas, más técnicas o formales, como las
de Frank Jackson, Graham Oppy y Michael Smith, por ejemplo[8]. No obstante, no
es ese tipo de problemas lo que considero más importantes de la motivación
deflacionista, al menos no desde una perspectiva pragmaticista. En definitiva,
para nosotros que no somos omniscientes, donde convivimos de continuo con la incertidumbre y con la sospecha de que no tenemos a disposición el mejor lenguaje posible, no es en contextos de información o
lenguajes completos donde más nos movemos ni donde surgen las cuestiones más
significativas sobre el problema de la verdad. Si tuviésemos un lenguaje completo, no haría falta la deliberación.
El deflacionismo,
por tanto, a pesar de su elegancia, pureza y simplicidad, resulta insuficiente
para capturar la riqueza conceptual de la verdad. Al reducir el predicado “es
verdadero” a un mero artefacto lógico, desdibuja su función normativa y
performativa, que es esencial para comprender cómo operamos en el mundo y en
nuestras prácticas racionales. En un contexto donde la verdad está bajo asedio,
necesitamos una teoría que no solo intente explicar qué es la verdad o se
limite a imponernos restricciones gramaticales a nuestro uso del predicado “es
verdadero”, sino también rescatar por qué importa socialmente. El
deflacionismo, al bajarla el precio a la verdad, puede terminar siendo
funcional a quienes quieren ser epistemológicamente irresponsables[9].
[1] Bourget, D. & Chalmers, D. J. (2009) “What do philosophers believe?”. Philosophical Studies: An International Journal for Philosophy in the Analytic Tradition. Vol. 170, No. 3 (September 2014), pp. 465-500 (36 pages). https://philpapers.org/archive/BOUWDP
Bourget,
D. & Chalmers, D. J. (2023) “Philosophers on Philosophy: The 2020
PhilPapers Survey.” Philosophers' Imprint 23 (11). https://philpapers.org/rec/BOUPOP-3
[2]
Otros filósofos, como Donald Davidson o Karl Popper o Nicolás Pérez (cuya teoría de la verdad podremos
analizar en otra entrada), han argumentado que, lejos de respaldar un enfoque
deflacionista, la concepción tarskiana es en realidad compatible con una visión
sustancial de la verdad, pues asume una correspondencia entre las oraciones y
la realidad, aunque no en los términos clásicos de la teoría de la
correspondencia.
[3] Brandom, R. (1994). Making It
Explicit: Reasoning, Representing, and Discursive Commitment. Harvard
University Press.
[4] Frege, G., 1918, “Thoughts,”
Peter Geach (ed.), Logical Investigations, New Haven: Yale University
Press, 1977, p. 6.
[5]
Algunos filósofos (como van Fraassen) intentan darle una capa más de
complejidad a este fenómeno al intentar distinguir entre dos actitudes
proposicionales: no es lo mismo la creencia de que p y la aceptación
de que p. Creer que p implica necesariamente considerar verdadero a “p”.
Mientras que aceptar que p significa que adoptamos a “p” como base para
nuestras acciones y razonamientos, independientemente de si la consideramos
verdadera o no. Esto le resulta particularmente útil a un antirrealista como
Bas van Fraassen, si entendemos que un antirrealista considera que los términos
teóricos como ‘campo electromagnético’ no designa entidades reales (un
antirrealista puede no creer que realmente existan esos campos), sino que son
ficciones útiles que nos dan poder predictivo, explicativo y un mayor control
sobre la naturaleza. El físico
antirrealista debe por tanto aceptar que los campos electromagnéticos tienen tales
o cuales propiedades, pero no porque sea verdadero (o sea, no cree que los
campos tengan esas propiedades, pues ni siquiera cree en su existencia), sino
porque aceptarlo es una herramienta útil para su investigación y para su
comunicación con otros colegas. Eso no significa que sea insincero, sino
simplemente que tiene otra actitud o interpretación del alcance epistémico que
tienen los enunciados científicos. En ese sentido, para ser un físico
epistemológicamente responsable debe aceptar que los campos electromagnéticos
tienen esas propiedades, y tanto actuar como razonar a partir de esa
aceptación. No obstante, su obligación termina allí, y no llega a su fuero
interno, a un deber de creer o considerar verdadero el contenido de esa
aceptación. La necesidad de aceptación para van Fraassen se basaría en su
función instrumental, no en un compromiso realista con la verdad.
En otras entradas intentaré analizar más a fondo esta interesante distinción
entre aceptación y creencia; y también responder a los argumentos
antirrealistas de van Fraassen.
También cabe aclarar que esta distinción no es
atractiva solo para los antirrealistas (o para los realistas que toleran darle
cierto espacio a alguna forma de ficcionalismo -la filosofía de Gustavo Romero
parece encajar en esta descripción-; por ejemplo: aceptar que algunos términos
teóricos son exitosos a la hora de referir a entidades reales, pero algunos
otros simplemente refieren a ficciones útiles; al fin y al cabo, ser realista
respecto a ciertos tipos de entidades no implica ser realista respecto a todos
ellos), sino también para la epistemología social.
La aceptación, a diferencia de la creencia, parece ser
un fenómeno público y sociológico. Cuando una comunidad de investigadores
acepta una teoría o un conjunto de datos, esto se manifiesta en sus prácticas,
publicaciones, debates y consensos. La aceptación se basa en criterios
compartidos y objetivos, como la evidencia empírica, la coherencia teórica, la
utilidad práctica y el consenso entre los expertos. La creencia, en cambio, al
ser un fenómeno psicológico individual no tiene la misma relevancia. Cada
miembro de la comunidad puede tener sus propias razones, perspectivas y
motivaciones para creer o no en un determinado candidato de conocimiento. La
creencia puede estar influenciada por factores subjetivos, como las
experiencias personales, las convicciones previas y las preferencias
individuales, que pueden ser distintos en cada investigador sin que eso evite
la convergencia o aceptación común del candidato a conocimiento. Al hacer
abstracción de los factores psicológicos individuales, la epistemología social
puede enfatizar o centrarse en los procesos y mecanismos sociales que influyen
en la aceptación del conocimiento para comprender cómo se establecen los
consensos científicos, cómo se difunden los candidatos a conocimiento y cómo se
construye la autoridad epistémica en las comunidades de investigadores, sobre
todo en un contexto pluralista donde, si bien el conocimiento vale para todos,
no obstante, cada investigador puede legitimar esa pretensión de validez desde
perspectivas o motivaciones idiosincráticas distintas.
Los pragmaticistas pueden por ejemplo estar muy
interesados en defender un concepto de verdad objetiva sin que esto conlleve un
obstáculo en el pluralismo al interior de la comunidad de investigadores,
pluralismo que bajo ciertas condiciones resulta deseable alimentar justamente
para robustecer la objetividad del conocimiento (evitando, por ejemplo, que elementos
idiosincráticos pasen ilegítimamente a considerarse conocimiento).
Si aceptamos esa distinción entre ambas actitudes
proposicionales, tenemos que admitir que algunas afirmaciones de esta entrada
deben de ser matizadas (por ejemplo, afirmar sinceramente que p no implica
necesariamente que creo que p); sin embargo, considero que explicitar este
matiz simplemente complicaría el análisis sin tocar lo esencial del argumento.
[6] Como señalamos en la entrada anterior sobre la
verdad, Charles Peirce en su artículo de 1878 “How to make our ideas clear”
escribe que:
“La opinión que está destinada a
ser aceptada en última instancia por todos los que investigan es lo que
entendemos por la verdad.”.
[7]
Misak tiene un particular interés en defender el papel de la verdad en la
deliberación pública y en la ciencia; enfatizado (desde la perspectiva pragmaticista
que comprende a la verdad como ideal regulativo) que la verdad no es solo una
etiqueta, sino una aspiración epistémica que estructura el discurso racional.
Si la verdad es solo un artefacto lógico sin contenido epistémico (como postula
el deflacionismo), ¿cómo distinguimos entre afirmaciones bien fundamentadas y
meras estrategias retóricas? En una era de posverdad, donde el discurso público
está saturado de desinformación y relativismo, la verdad no puede reducirse a
un mero recurso semántico sin consecuencias normativas.
[8] Jackson, F.; Oppy, G. y
Smith, M. (1994), “Minimalism and Truth Aptness,” Mind, 103(411): pp.
287–301.
La estructura básica de este
argumento es la de un dilema: el deflacionismo debe elegir entre una
interpretación proposicionalista o una sentencialista. En el caso de
elegir el proposicionalismo, se vuelve es trivial; y si elige el
sentencialismo, se vuelve falso.
[9]
Para otra crítica al deflacionismo desde una perspectiva pragmaticista:
Misak, Ch. (1998). "Deflating Truth:
Pragmatism vs. Minimalism" The Monist, vol. 81, no. 3. THE MONIST,
La Salle, Illinois 61301. pp. 407-425. https://sites.pitt.edu/~rbrandom/Courses/Antirepresentationalism%20(2020)/Texts/Misak%20on%20Minimalism%20and%20Pragmatism%20about%20Truth.pdf
“Parece que hoy en
día ningún filósofo quiere una teoría de la verdad que pueda ser acusada de ser
metafísica. Pero incluso si estamos de acuerdo en que la metafísica grandiosa
debe ser rechazada, incluso si estamos de acuerdo en que nuestra teoría de la verdad
debe ser desinflada, la controversia no se calma. Se presentan diversas
opciones deflacionistas. Algunos, con Richard Rorty, consideran que la noción
de verdad está tan ligada a la metafísica que se nos aconseja abandonarla por
completo. Otros, con Paul Horwich, toman el esquema de descitación o de
equivalencia —«p» es V si y sólo si p— para capturar completamente el contenido
del predicado «es verdadero». Y otros sostienen que existe una concepción de la
verdad que puede tenerse que no es metafísica pero que va más allá de la
trivialidad expresada por el esquema descitación (en adelante, el DS).
Me ocuparé de una sugerencia de
este último tipo. Quiero mostrar cómo un tipo de pragmatismo captura mejor lo
que es importante acerca de la verdad. Esta perspectiva peirceana sostiene, en
el espíritu de la DS, que existe una conexión indisoluble entre afirmar una
afirmación y afirmar que es verdadera. Pero también nos insta a observar la
práctica de la afirmación y los compromisos que se incurren en ella, de modo
que podamos decir algo más, algo sobre qué es la verdad.
Mi tarea será demostrar, contra
la mayoría de las expectativas, que una posición pragmática puede alcanzar los
estándares antimetafísicos del descitacionista y puede caracterizar mejor
debates perfectamente válidos sobre si un discurso como el discurso moral
apunta a la verdad o si es una cuestión radicalmente subjetiva, no apta en
absoluto para el valor de la verdad.”
Respecto a posturas
deflacionistas como la de Paul Horwich (descitacionismo), para quien “debemos
obtener la teoría de la verdad más simple, pura y elegante, Misak señala que
hay una diferencia fundamental en el temperamento filosófico entre el pragmaticismo
y el descitacionista.
“El pragmatista piensa que la
búsqueda de pureza del descitacionista resultará en algo más bien vacío e
inútil, porque el trabajo importante está en explicar las relaciones entre la
verdad por un lado y la afirmación, la verificación, el éxito, etc. El
pragmatista sostiene que la manera de desinflar la verdad, la manera de hacer
que la verdad sea menos metafísica, es vincularla con esas otras nociones más
terrenales, no reclamar una independencia de ellas…
Si nos quedamos aquí con el
descitacionista, no daremos una explicación completa de cómo la verdad está
vinculada a nuestras prácticas de deliberación y experimentación; Se supone que
el sentido de pureza de Horwich está motivado tanto por la preocupación del
lógico por la simplicidad como por el hecho de que el DS parece ser lo único no
controvertido que podemos decir sobre la verdad. Aquí deberíamos estar de
acuerdo de inmediato en que las afirmaciones sobre lo que surge del DS
—afirmaciones sobre los compromisos involucrados en la aserción y la creencia—
son más controvertidas que el mismo DS. Las sugerencias que ofreceré a
continuación sobre estos compromisos son muy discutibles. Pero el hecho de que
algo sea controvertido no dice nada en absoluto sobre si es correcto o
importante.”
Para interiorizarse sobre la
teoría descitacionista, siendo el texto más representativa del deflacionismo:
Horwich,
P. (1990) Truth, Oxford: Basil Blackwell.

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