Introducción a la filosofía de la ciencia I
La cultura griega relevó numerosos aspectos que favorecieron el surgimiento del pensamiento científico, destacables tanto por su importancia como elementos de cultura que heredamos como por su trascendencia histórica.
La sociedad griega estaba formada por ciudades autárquicas, aunque estrechamente vinculadas económica y militarmente. En este contexto, en el siglo VIII a.C., se creó el alfabeto. Este avance transformador permitió una composición más flexible y precisa del lenguaje, no solo entre palabras, sino incluso dentro de ellas. No deja de ser curioso cómo un avance tecnológico de tal magnitud tuvo un impacto similar al que se produjo milenios después con la imprenta de Gutenberg.
La adopción del alfabeto no fue un fenómeno aislado. La difusión de las ideas estuvo relacionada con los cambios gubernamentales en las ciudades-Estado que introdujeron nuevas leyes y constituciones. Estos cambios habilitaron el ascenso social y el reconocimiento político de artesanos y otras comunidades profesionales. La enseñanza temprana de la escritura, la tecnología asequible para la fabricación de papel y el auge de la lengua jónica/dórica como lengua común impulsaron el crecimiento de las organizaciones académicas. La ciencia antigua consistía en un sistema de creencias desarrollado como parte de un núcleo cultural común a la diversidad de culturas que debía acobijar.
Por regla general, las palabras rituales eran sagradas e indiscutibles. En cambio, la búsqueda de un lenguaje común parecía ser, en esencia, un rechazo a explicaciones que involucraran factores sobrenaturales como dioses, encantamientos o la magia. Análogamente, la idea central de las tradiciones teóricas que surgieron en Grecia parece ser el rechazo a los factores explicativos sobrenaturales y la búsqueda de principios explicativos naturales y generales que permitieran dar cuenta de la experiencia de manera inteligible. Estos filósofos no estaban tan interesados en la mera acumulación y sistematización de los datos de la experiencia como un fin en sí mismo (como ocurría en otras culturas y su "ciencia de listas"), sino más bien en la función que esa sistematización ejercía en discusiones abstractas donde importaban la economía y la coherencia de los argumentos, así como los principios en los que se basaban las teorías.
Lo que destacaba de la democracia griega, así, era el privilegio de la palabra como instrumento de poder. El Ágora, en tanto centro de reunión y plaza pública, no era un lugar donde hubiera una palabra indiscutible o un saber garantizado. Lo que predominaba era el debate entre posturas contradictorias, y hasta se hizo de estos debates un deporte por derecho propio.
¿Cómo lidiar con alguien que da por sentado algo diferente a lo que tú consideras obvio? Este problema se vuelve urgente en una sociedad comercial e intercultural y la respuesta más sensata parece ser la argumentación. En ese contexto multicultural, comercial y democrático, parece que los griegos adquirieron la consciencia del LOGOS. Esto implica preocuparse por cómo expresar algo para convencer, quién tiene razón y clarificar qué se quiere decir. Todo esto implica el arte de convencer. En democracia, la palabra se da entre iguales, sin garantías y sin exigir obediencia. La palabra en democracia debe seducir, convencer y, sobre todo, persuadir.
En Grecia, las luchas en la asamblea y en los tribunales allanaron el camino para la reflexión conceptual. Pero no todos los pensadores dieron una recepción entusiasta a esta actividad democrática. Por ejemplo, Platón y Aristóteles declararon guerra a esos "intelectuales que saben hablar", es decir, los Sofistas.
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