Reflexiones sobre la Verdad I

Teoría de la verdad como correspondencia.

¿Qué significa que una afirmación o una creencia sea verdadera? Esta pregunta aparentemente fácil ha fascinado a los filósofos durante milenios, desde los griegos hasta los contemporáneos. Y las respuestas a esta pregunta no son puramente abstractas; afectan a partes integrales de nuestra vida, como la ciencia, la política y la moral. Sobre todo, en la época actual que muchos consideran gobernada por la posverdad. Por ejemplo, distintas paparruchadas antivacunas o negacionistas del cambio climático no sólo fallan en su descripción de la realidad, sino que tiene consecuencias prácticas que pueden llegar a ser devastadoras. Sin embargo, y a pesar de su importancia, el consenso sobre la naturaleza de la verdad sigue siendo bastante elusivo.

Según las encuestas realizadas por Bourget y Chalmers en 2009 y 2020[1] sobre las teorías de la verdad, más del 50% de los filósofos encuestados se inclina por la teoría correspondentista. En un cómodo segundo lugar se encuentra la postura deflacionaria, aunque en esos 11 años perdió 5 puntos porcentuales. En tercer lugar, está la teoría coherentista, seguida por la pragmatista, que ha ganado terreno en los últimos años (aunque el coherentismo y el pragmatismo a menudo se agrupan bajo la etiqueta de "teoría epistémica de la verdad"). Finalmente, queda la categoría de "otros".

Personalmente, me resulta más atractiva la teoría pragmatista (o pragmaticista[2]) de la verdad, ya que creo que puede rescatar un correspondentismo mínimo que preserve lo más interesante de esta última, evitando a su vez muchas de sus objeciones.



No obstante, ¿por qué es tan popular la teoría correspondentista? En parte, porque es la posición tradicional, defendida desde al menos Aristóteles. Sin embargo, su principal atractivo radica en que captura de manera elegante nuestras intuiciones sobre lo que queremos decir cuando afirmamos que algo es verdadero. Por ejemplo, si digo que "hay 8 planetas en el sistema solar", esta afirmación es verdadera solo si es un hecho que hay 8 planetas en el sistema solar. Del mismo modo, si digo que "Juan está a la derecha de Pedro", esto es verdadero si es un hecho que Juan está a la derecha de Pedro. Esto es lo que normalmente entendemos por verdad.

Sin embargo, esta teoría no está exenta de problemas. Para que la teoría correspondentista funcione en su forma estándar, debe responder de manera convincente a tres preguntas fundamentales:

1.        ¿Qué cuenta como portador de verdad primario?

2.        ¿Qué hace que ese portador de verdad sea verdadero (el problema del "hacedor de verdad")?

3.        ¿Qué significa que el portador de verdad se corresponda con su hacedor de verdad (es decir, qué significa "correspondencia")?

Respecto al primer problema, es crucial aclarar algo que muchos no filósofos parecen ignorar, pero que Aristóteles ya explicaba hace miles de años: la verdad no es lo mismo que la realidad. Un planeta no puede ser "verdadero"; lo que puede ser verdadero es lo que decimos sobre ese planeta. El predicado "es verdadero" no es un atributo de las cosas, sino de ciertos elementos del lenguaje. Si una descripción de un planeta es verdadera, es porque las propiedades de ese planeta satisfacen dicha descripción. Sin sujetos cognoscentes, no habría verdad, aunque los realistas sostienen que la realidad es anterior al sujeto cognoscente capaz de producir portadores de verdad[3].

Por tanto, es fundamental no confundir las categorías de "verdad" (un atributo de lo que decimos) con "realidad" (un atributo de lo que existe). No puede ser verdadero Plutón, sino lo que decimos sobre Plutón.

Ahora bien, existen varios candidatos para el portador de verdad primario: proposiciones, oraciones, emisiones, creencias, actos de habla, etc. Este debate es muy técnico y puede desviarnos de la cuestión principal, así que no profundizaré en él. Baste decir que el problema del portador de verdad no es exclusivo de la teoría correspondentista, sino que afecta a toda teoría de la verdad.

 

El verdadero desafío para la teoría estándar de la correspondencia radica en las otras dos cuestiones: la naturaleza de la relación de "correspondencia" y la del "hacedor de verdad". La correspondencia sería una relación adecuada entre un portador de verdad (por ejemplo, una creencia) y un hacedor de verdad (por ejemplo, un hecho). Para que esta explicación funcione, el hacedor de verdad debe poder individualizarse independientemente del portador de verdad. En su acepción más típica, el hacedor de verdad sería un hecho.

Pero aquí surge un problema: ¿cómo individualizamos hechos con independencia de los portadores de verdad? Por ejemplo, ¿cómo establecemos el hecho de que hay 8 planetas en el sistema solar? Este esquema explicativo parece circular, ya que afirmar que "es un hecho que existen 8 planetas en el sistema solar" parece equivalente a afirmar que "es verdad que existen 8 planetas en el sistema solar". La definición de "verdad" depende de la de "hecho", y viceversa. Cómo definas el concepto de “verdad” depende de cómo definas el concepto de “hecho” y viceversa. Un enunciado sería verdadero en virtud de un hecho que, a su vez, individualizamos únicamente porque formulamos el enunciado. Por ejemplo, si existen 8 planetas y no 9 es porque decidimos crear un nuevo concepto que no incluye a Plutón.

Podríamos intentar postular hechos "desnudos", autoidentificantes e independientes de todo esquema conceptual, pero esto parece un poco ininteligible. No podemos identificar hechos sin utilizar conceptos. Asimismo, como señalaron filósofos como Nietzsche, Austin, Quine o Strawson, los hechos parecen proyecciones de nuestra gramática sobre el mundo. No sólo porque su estructura es sospechosamente similar a nuestra gramática; sino que, además, si preguntamos por ejemplo cuántos hechos existen en mi cuarto, parece que la lista de hechos que podemos enumerar depende de la potencia expresiva de nuestro lenguaje.

Teniendo todo esto en cuenta, no resulta para nada sorprendente que si, como Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus, partimos de que "el mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas", terminaremos irrefrenablemente en la idea de que "los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo". Desde el principio, el mundo es concebido como una proyección de nuestra gramática. Por ello, una metafísica de hechos no suele considerarse una opción viable, especialmente frente a alternativas más prometedoras, como una metafísica basada en objetos o de eventos (o procesos)[4].

 

Además del problema de la dependencia entre hechos y lenguaje, surge la cuestión crucial de qué implica afirmar que un portador de verdad se "corresponda" con un hecho. Tradicionalmente, se ha recurrido a nociones problemáticas y poco claras sobre la relación entre ambas entidades; las cuales muchos no tardaron en calificar de misteriosa. ¿Es una relación física? Evidentemente no. ¿Una relación causal? Tampoco parece aplicable. ¿Cognitiva, quizá? Pero, ¿qué significaría eso en términos concretos? ¿Que la mente opera como un espejo que refleja el mundo? ¿Qué los procesos cerebrales que sustentan creencias tales como “en el sistema solar existen 8 planetas” son de algún modo desconcertante isomórficos con la configuración del sistema solar?

El perplejidad aumenta cuando consideramos las descripciones verdaderas que podemos hacer de fenómenos lejanos, como galaxias situadas a miles de millones de años luz. Lo que observamos de estas galaxias depende de los fotones que emitieron hace miles de millones de años; por tanto, muchas de las estrellas que vemos podrían haber desaparecido ya. ¿Qué significa entonces afirmar que existe una correspondencia entre nuestro enunciado y una realidad que no solo está separada por vastas distancias en el espacio y el tiempo, sino que además puede haber cambiado radicalmente o aun dejado de existir? Estas preguntas revelan la dificultad de definir la correspondencia sin caer en vaguedades o pseudoproblemas.

 

A pesar de estos desafíos, considero que hay un núcleo de la teoría correspondentista que no debe abandonarse. Como realista, me gustaría salvar una tesis correspondentista mínima[5]: que algo sea verdadero (por ejemplo, una creencia o una afirmación), no depende sólo de nuestros esquemas conceptuales, lenguajes o creencias, sino también de cómo es el mundo. La verdad presupone, en los casos típicos, una relación adecuada o correcta con la realidad[6].

¿Qué implica esto? Que, incluso si basados en nuestras mejores creencias, lenguaje y razonamiento llegamos a la conclusión de que "p" es verdadero, es una posibilidad lógica que "p" sea falso. ¿Y qué lo haría falso? Pues, cómo es el mundo.

Por ejemplo, antes de Copérnico (e incluso en tiempos de Galileo), la mayoría de las personas tenían buenas razones para creer que la Tierra estaba en reposo. No había evidencia en contra, ni una concepción física que contradiga el modelo ptolemaico. Sin embargo, hoy (con el diario del lunes) sabemos que estaban equivocados. Esto muestra que la justificación de una creencia no garantiza su verdad. Las propiedades de los astros que hacen que el geocentrismo sea falso no cambiaron de forma relevante a partir de Copérnico; por lo que parece no tener mucho sentido (o al menos es harto antiintuitivo) afirmar que el geocentrismo era verdadero en los tiempos precopernicanos, pero luego se volvieron falsos; sino que resulta más sensato afirmar que el geocentrismo siempre fue falso. Las relaciones físicas del mundo no dependen de nuestros modos de describirlos; sino que nuestras descripciones de esas relaciones físicas fallan cuando lo hacen de forma inexacta.

En resumen, el dictum que podemos defender es que nuestra teoría de la verdad no debe colapsar la afirmación "x es verdadero" en "es justificado creer que x". Debe explicar cómo el valor de verdad de un portador de verdad no depende sólo de otras creencias, sino también de cómo es el mundo. En otras palabras, el concepto de "verdad" implica que el mundo puede hacer que nuestras mejores creencias disponibles sean falsas.

En siguientes entradas iré analizando las otras (como la deflacionaria -ver aquí- o la coherentista) a la vez que desarrollando una defensa de una teoría pragmaticista de la verdad.


Leer la crítica al deflacionismo aquí

[1]              Bourget, D. & Chalmers, D. J. (2009) “What do philosophers believe?”. Philosophical Studies: An International Journal for Philosophy in the Analytic Tradition. Vol. 170, No. 3 (September 2014), pp. 465-500 (36 pages). https://philpapers.org/archive/BOUWDP

Bourget, D. & Chalmers, D. J. (2023) “Philosophers on Philosophy: The 2020 PhilPapers Survey.” Philosophers' Imprint 23 (11). https://philpapers.org/rec/BOUPOP-3

[2]              Sobre la teoría pragmaticista de la verdad:

Misak, C. J. (2004) Truth and the end of inquiry: A Peircean account of truth. Expanded pbk. ed. Oxford Philosophical Monographs. New York, NY: Clarendon Press; Oxford University Press.

Peirce, C. S. (1878) “How to make our ideas clear”, in Popular Science Monthly, 12, 286– 302 pp.

Howat, A. W. (2020). Pragmatism and Correspondence. Philosophia 49 (2): 685-704 pp. doi.org/10.1007/s11406-020-00261-y https://www.academia.edu/44044815/Pragmatism_and_Correspondence

“Pragmaticismo” es un término inventado por Charles Peirce para distinguir su filosofía de la de otros pragmatistas como William James. Dentro de la corriente pragmatista suele distinguirse entre una línea pragmaticista o peirceana preocupada por recuperar un concepto objetivo de verdad; y una línea más instrumentalista inspirada en James y que tiene por representante más resonante a Richard Rorty.

Así, mientras para Peirce:
“La opinión que está destinada a ser aceptada en última instancia por todos los que investigan es lo que entendemos por la verdad.”

Para James, en cambio:
“Toda idea que nos permita, por así decirlo, avanzar con éxito desde una parte de nuestra experiencia a otra, conectando las cosas satisfactoriamente, trabajando con seguridad, simplificando, ahorrando trabajo, es verdadera en cierta medida, verdadera en lo sucesivo, verdadera instrumentalmente. Ésta es la visión “instrumental” de la verdad.”
James, W. (1907), Pragmatism: A New Name for Some Old Ways of Thinking- New York and London: Longmans, Green & Co.; Cambridge, MA: Harvard University Press.

[3]              En el caso de ciertos platonismos suele aceptarse que la verdad precede a los sujetos, en tanto que consideran que los portadores de verdad primarios son ideas, pensamientos o proposiciones que trascienden a este mundo espaciotemporal. Para esta postura, por ejemplo, el teorema de Tales siempre fue verdadero incluso cuando no existían los seres humanos. Claro que comprometerse con ese cielo de ideas platónicos suele considerarse un coste metafísico abusivo para un número importante de filósofos.

[4]              Aunque siempre encontraremos filósofos dispuesto a elegir las vías más aparentemente muertas a su disposición. Quizás el trabajo más reconocido por esta vía en la filosofía contemporánea sea el de David Armstrong.

[5]              Mi primera inspiración para este correspondentismo mínimo es el texto de Carlos Caorsi (2012) “Davidson, verdad y correspondencia”. Basado en la filosofía de Donald Davidson, Caorsi distingue de esta manera la concepción de la verdad como Correspondencia con ‘C’ mayúscula de la correspondencia con ‘c’ minúscula:
“Verdad como Correspondencia = Propuesta de definir la verdad como una relación entre los portadores (creencias, enunciados, proposiciones, etc.) y hacedores de verdad (estados de cosas, hechos etc.). Esta supondría, en el espíritu del análisis clásico, definir al hacedor de verdad sin hacer referencia al uso del concepto de verdad y lo mismo con la relación entre el hacedor de verdad y el portador.
Verdad como correspondencia = Propuesta de caracterizar la verdad como la propiedad que un portador posee en virtud de cómo es el mundo. La verdad no es independiente de cómo es el mundo o la realidad. Esta propuesta no supone necesariamente definir ni al hacedor de verdad ni la referida relación”.
https://www.academia.edu/63218223/Davidson_verdad_y_correspondencia

 

[6]              En otra entrada analizaremos el problema de que no todo lo que consideramos verdadero implica decir algo sobre la realidad o postular un hacedor de verdad en el mundo. Paradigmáticamente, los teoremas matemáticos pueden considerarse verdaderos con independencia de cómo sea el universo, en el sentido de que ninguna evidencia sobre cómo es el universo puede refutar un teorema matemático. Es decir, el correspondentismo parece bastante intuitivo dentro de algunos dominios de discurso (sobre todo, el de las verdades fácticas o las empíricas), pero se vuelve muy antiintuitivos en otros (típicamente, las verdades normativas o las formales). Así las cosas, una teoría pragmaticista de la verdad puede tolerar cierto pluralismo moderado en el concepto de “verdad”; donde, si bien todas las verdades tienen algo en común (o sea, partimos de un monismo moderado y no un pluralismo fuerte), no obstante, las verdades sobre dominios del discurso diferentes deben responder a condiciones diferentes.  

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