Introducción a la filosofía de la ciencia III

Tales de Mileto; hijo del agua, padre de la ciencia.

 

Para los fisiólogos de Jonia, Tales, Anaximandro y Anaxímenes, la realidad actual del mundo se comprende por su génesis, y la cosmogénesis es palpable y concreta como el cambio progresivo de estados que se consuma bajo la mano del alfarero cuando la arcilla absorbe más agua y se convierte en un barniz fluido o por el contrario cuando se endure al resecarse. El mundo es un continuo, el devenir es progresivo y creador; la percepción alcanza lo real porque acompaña la acción manipuladora y fabricadora…; las cosas naturales fueron hechas por la espontaneidad del mundo, así como los objetos fabricados son hechos por el hombre, artesano, arquitecto, técnico, y sabio tecnólogo: los fisiólogos jónicos eran <<hábiles para inventar dentro de la técnica>>.

En Tales, el uso del saber matemático no es únicamente contemplativo, ni puramente abstracto; es analógico, aplicado, descriptivo, concreto: mediante un método de triangulación y de avistaje a partir de dos puntos de la orilla, Tales sabía calcular la distancia de un navío en el mar; esto supone que el pequeño triángulo simbólico, trazado sobre la arena o sobre una placa de madera con ángulos iguales y longitudes proporcionales a las del gran triángulo geográfico construido por el navío y los puntos de avistaje, son de igual naturaleza a pesar del cambio de escala; el mundo es continuo, homogéneo; la reducción y amplificación son posibles a partir de la realidad percibida concretamente por contacto y manipulación…

La fisiología jónica, con la confianza que concede a todos los medios humanos de percibir, y particularmente a los más concretos, a los más próximos de las operaciones cotidianas, es la base de todas las doctrinas realistas del conocimiento; el ser humano no está aislado de los objetos, lo que percibe es real, puesto que el conocimiento de los objetos aparece en la reciprocidad de los intercambios reales entre el operador y el material en proceso que se convierte en objeto; la percepción alcanza la realidad del objeto porque se producen en el curso de la génesis activa del objeto, que es su fabricación; el sujeto no está a distancia del objeto, porque de hecho el sujeto de conocimiento es el operador, el fabricante del objeto; el mundo es percibido como un conjunto de objetos construidos, distribuidos, producidos. De allí proviene, con el realismo y el postulado de la continuidad, la importancia de la duración y de la génesis como dimensión de inteligibilidad perceptiva en esta primera filosofía de la Naturaleza. De allí proviene también la idea que en la percepción lo semejante es conocido por lo semejante[1].

 

 

 

Según las viejas mitologías, nuestro universo está gobernado por fuerzas personales, plenas de intencionalidad, sexualidad, heroísmo, luchas sociales y emociones, a imagen y semejanza de los hombres y las mujeres. Y, al menos entre griegos, esta mitología, heredada oralmente por poetas, veía el comienzo como la introducción del orden (cosmos) en el agua caótica primordial. Ese orden dentro del caos puede ilustrarse con su cosmología, según la cual: la Tierra era un disco plano flotando en una basta extensión de agua y, sobre ella, la cúpula celeste que nos protege (cual paraguas) del caos u océano exterior. Esta misma imagen poderosa la podemos encontrar también en Génesis:

 

Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. La tierra estaba desordenada y vacía, las tinieblas cubrían la faz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las AGUAS.

Y dijo Dios: «¡Que haya luz!» Y hubo luz. Y vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de las tinieblas; a la luz, Dios la llamó «Día», y a las tinieblas las llamó «Noche». Cayó la tarde, y llegó la mañana. Ése fue el día primero.

Luego dijo Dios: «¡Que haya algo firme en medio de las aguas, para que separe unas aguas de otras aguas!» Y Dios hizo una bóveda, y parte de las aguas quedaron arriba de la bóveda, y parte de las aguas quedaron abajo. Y así fue. Dios llamó «cielos» a la bóveda. Cayó la tarde, y llegó la mañana. Ése fue el día segundo.

También dijo Dios: «¡Que se junten en un solo lugar las aguas que están debajo de los cielos, y que se descubra lo seco!» Y así fue. A lo seco, Dios lo llamó «tierra», y al conjunto de las aguas lo llamó «mares». Y vio Dios que era bueno.

 

Heredamos de Aristóteles la idea de que Tales (624 a. C. - 546 a. C.) fue el primer filósofo. Para el Estagirita, hacer filosofía era en esencia explicar las cosas por sus casusas, causas a las que accedemos remontándonos desde sus efectos. En el caso de los jónicos (Mileto era una ciudad de Jonia), lo que buscaban era lo que Aristóteles llamaba la causa material; aquello de lo que está hecho el tejido del mundo, más allá de lo que se ve a ojo desnudo. Y el nombre de esa causa material última, de esa sustancia originaria, es “Arkhé”. Los efectos (todas las cosas sensibles) serán por tanto las transformaciones que sufre ese Arkhé. Para Tales será el agua, para Anaximandro, el ápeiron o lo indefinido, para Anaxímenes, el aire; y fuera de los fisiólogos jónicos, para Heráclito será el fuego, para los pitagóricos, los números y, para Leucipo y Demócrito, los átomos.


Tales fue un comerciante (aunque más tarde desempeñaría tareas más legislativas) que tuvo a bien volverse sabio tras adquirir distintos conocimientos de los pueblos que visitó. De los egipcios tomó importantes conocimientos matemáticos (más particularmente, geométricos; frente a los algebristas babilónicos). Allí, por ejemplo, se inventó la agrimensura debido a que el río Nilo inundaba los campos todos los años, lo cual obligaba a delimitar nuevamente los terrenos para devolverlos a sus respectivos dueños. Al arte de la medición egipcia, Tales le agregó la capacidad de abstraer relaciones matemáticas y encontrarles múltiples aplicaciones en variados contextos. En palabras de Proclo (filósofo neoplatónico del siglo V d.C.): “Tales fue el primero que, habiendo ido a Egipto, introdujo en Grecia esta teoría [matemática] y él mismo descubrió muchas cosas e indicó los principios de muchas otras para sus sucesores, unas veces proponiendo un método más general, otras con un enfoque más observacional”.

Por ejemplo, calculó la altura de la famosa pirámide de Keops. Para ello primero midió el largo de la sombra que proyectaba. Luego tomó una vara de altura conocida, midió su sombra, y utilizó una regla de tres para calcular la altura requerida. O sea, planteó que el largo de la sombra de la pirámide (A) es al largo de la sombra de la vara (B) lo que la altura de la pirámide (C) es a la altura de la vara (D), es decir,

A/B = C/D.

Como C era la única incógnita, la fórmula se resolvía fácilmente:

A/B × D = C

.



Aunque cabe aclarar que el cálculo de Tales fue en realidad más sencillo, dado que esperó la hora del día en la que el largo de la sombra de la vara fuera igual a su altura. La cuestión simplifica ya que A (la sombra de la pirámide) era directamente igual a C (la altura de la pirámide).

Ahora bien, ¿cómo sabía Tales que existía una relación constante entre estas magnitudes? ¿Cómo sabía que A/B = C/D? Para ello tuvo que haber recurrido a su famoso teorema de Tales. Éste establece que, si dos triángulos son semejantes (esto significa que sus ángulos correspondientes son iguales), entonces sus lados correspondientes son proporcionales.

En este caso, el segmento de recta que determina la altura de la pirámide o de la vara forma un ángulo recto con sus respectivas sombras. Entre la punta superior de dicho segmento y la última punta de la sombra pasa un rayo de Sol, ya que la sombra termina allí. Este rayo de Sol equivale a la hipotenusa de un triángulo rectángulo cuyos catetos son, por ejemplo, la vara (D) y su sombra (B). Dados estos datos, junto con el supuesto de que los rayos de Sol son (prácticamente) paralelos entre sí, y sumado el teorema de Tales, se deduce que el triángulo formado por la altura y la sombra de la pirámide (C y A) es semejante al formado por la altura y la sombra de la vara (D y B). Por lo tanto, los lados correspondientes son proporcionales, y esto permite determinar la altura de la pirámide de Keops (C).

Aquí puede verse una musicalización de este teorema por parte del grupo humorístico Les Luthier: 



 

De los babilonios, por su parte, habría aprendido sobre todo de astronomía (aunque también de álgebra). Los babilonios por siglos copilaron una ingente cantidad de observaciones astronómicas que utilizaban para anticipar eventos futuros o rasgos de personalidad mediante el arte adivinatoria de la astrología. (Si gastaron una ridícula cantidad de tiempo y recursos para montar y registrar esas observaciones sobre puntos brillantes en el cielo nocturno, claramente que no va a ser por amor a la ciencia como fin en sí misma. Ponerse muy escrupuloso a la hora de ubicar el lugar específico de ese punto en particular en tal noche específica parece del todo justificado una vez que creés que esos puntos son las letras con las que tus dioses te están hablando, y te están hablando de un evento próximo que podrías explotar. En ese contexto, para superar el talento de otros astrólogos y ganar el aprecio del monarca, se necesita hacer lecturas cada vez más precisas, lo que implica refinar los instrumentos matemáticos con los cuales observar e interpretar el paraguas celeste. Esto en parte puede explicar el desarrollo que los babilónicos tuvieron en álgebra; aunque también puede agregarse cuestiones prácticas como las administrativas).

Tales, por su parte, habría utilizado ese astronómico acumulado de registros para predecir un eclipse que pudo haber tenido lugar el 28 de mayo del 585 a.C., y se suele comentar que fue el primero en hacerlo. El uso del modo subjuntivo (“habría utilizado”) tiene que ver con que hay quienes ponen en duda que haya sido el primero o que tal predicción haya tenido lugar (y lo mismo ocurrirá con casi todo lo atribuido a Tales, ya que no tenemos muchas certezas al respecto, entre otras cosas, por no dejar nada escrito); pero esta incertidumbre no evitó que Isaac Asimov declarara que en esa fecha nació la ciencia. En cualquier caso, para realizar semejante proeza el milesio tuvo que desarrollar la capacidad de destacar ciertas regularidades o periodicidades entre las observaciones babilónicas.

También se cuenta entre sus hazañas en este campo postular que la Luna no tenía luz propia, sino que reflejaba la del Sol; calcular tanto la duración del año como las fechas de los equinoccios y los solsticios; recomendar el uso de las constelaciones como guías de navegación (en particular, la constelación de la Osa menor, cuya cola se remata en la estrella Polaris que siempre está al norte) o que las estrellas eran bolas de tierra en llamas. Podríamos especular si tanta gente entre las antiguas culturas hubiese puesto su máximo esmero en el estudio de las estrellas si no las hubiesen considerado las letras de los dioses sino vulgares pelotas incendiadas. Aristóteles por suerte le devolverá cierta divinidad a las estrellas al postular que no estaban hechas de grosera tierra sino por el elemento más sutil de todos, el éter; y, además, a los errantes (los planetas, que se ven como estrellas que se mueven con independencia de las fijas del fondo) le atribuirá distintos “motores inmóviles” (que es su término técnico para hablar de las deidades). El mito muchas veces ha operado como fuerza motivadora de la ciencia.

 

Respecto a la tesis de que el Arkhé (la causa material primera) era el agua, por sí misma parece simplemente una continuación de las viejas mitologías. Lo que lo distingue es la apelación a argumentos y observaciones de respaldo. Entre los elementos de prueba que pudo haber tomado podríamos enumerar que, para dar nacimiento a (y hacer crecer) una planta, debemos regarla (agregarle humedad); para engendrar a un hijo, el padre debe introducir humedad a la madre; los alimentos con los cuales crecemos son húmedos y, cuando dejamos de ser, de existir, nuestro cadáver es más seco que cuando existíamos, y morimos al desangrar o de sed… como si la pérdida de ser significara la pérdida de humedad. Según Diógenes Laercio, de hecho así morirá Tales, insolado y sediento mientras observaba unas olimpiadas. La humedad que le daba SER, evaporándose por el calor pasó de su cuerpo a la atmósfera, continuando así el eterno ciclo del agua que le da vida al cosmos. A esto se suma la curiosa “observación” de que, en palabras de Aristóteles, “el calor se genera a partir de lo húmedo y depende de ello para su existencia” (Metafísica 1.983b).

Así pues, hacer del agua el principio de todas las cosas era, para Tales, equivalente a hacerla el principio vital, la semilla de todo lo viviente. La existencia se comprende como un movimiento continuo, un flujo infinito de rumorosa vida. A diferencia de filósofos matemáticos posteriores como Pitágoras o Platón, el de Mileto partía de una ontología profundamente materialista.

 

Y si bien el materialismo vitalista será una constante en la escuela jónica (Tales, Anaximandro y Anaxímenes); lo que lo destaca como primera escuela de filosofía es una cuestión epistemológica. No sólo su naturalismo metodológico (remontarse a causas materiales en lugar de intenciones divinas), sino el tomar las opiniones de la tradición, no como algo necesario de impartir, sino como hipótesis que se pueden defender con argumento y, por lo tanto, atacar con argumentos. Por ejemplo, ninguno entre los jónicos compartirá el mismo postulado sobre cuál es el Arkhé. Esto hizo que las primeras filosofías murieran con sus autores (y únicos defensores), a diferencia del saber impreso en piedra, en los textos milenarios resguardados por eruditos egipcios y babilónicos.  

 

Hay un relato sobre Tales que pinta la figura del filósofo: mientras caminaba observando las estrellas terminó cayendo en un pozo, lo que le mereció la burla de una criada; la cual lo calificó de loco por saber más sobre los cielos que sobre lo que había frente a sus pies. Pero si bien el milesio entre sus contemporáneos saltaba a la vista por su pasión contemplativa, sin ejercer función religiosa alguna, no debe olvidarse la faceta tecnológica de su obra. Aristóteles comenta que tras ser acusado de perder el tiempo filosofando, Tales (basado en los conocimientos que había desarrollado) compró a mansalva las prensas milesias de aceite, alquilándolas luego a precios exorbitantes al anticipar que aquella cosecha iba a ser portentosa. Así también se le atribuye haber sido capaz de desviar el río Halys para permitir el paso al ejército de Creso.

Como señalamos en la entrada I a la Introducción a la filosofía de la ciencia, entre las condiciones sociológicas que contribuyeron al surgimiento de la ciencia griega mencionamos la introducción de ciertas reformas jurídicas, las cuales habilitaron “el ascenso social y el reconocimiento político de artesanos y de otras comunidades de profesionales”. En culturas aledañas, por ejemplo, los que hacían intervenciones manuales y mecánicas se consideraban socialmente inferiores y estaban escindidos de los altos saberes registrados por los escribas. El erudito en medicina no era quien sabía enderezar una fractura, sino quien veía en los síntomas a espíritus o los designios adivinatorios. Carlos Solis Santos en su monumental Historia de la ciencia (que cuenta con más de 1.000 páginas) destaca que, con su desarrollo, la medicina (egipcia y mesopotámica) aumentó su carácter mágico. Lo que explica el desconcertante hecho de que la anatomía y fisiología egipcia era esencialmente fantasiosa (una “psicología visceral” literaria) a pesar de haber entre su población expertos en las técnicas de embalsamiento.

El agua como Arkhé no era, entonces, concebida como un principio trascendente, sino como el tejido de las cosas. A los terremotos Tales no los consideraba síntomas de ira divina; sino que, así como un navío se bambolea sobre el mar, y dado que la Tierra simplemente era un navío a una escala mucho mayor, por tanto, los movimientos sísmicos son análogamente producidos por el océano de debajo. En su Curso sobre la percepción que dictó Gilbert Simondon entre 1964 y 1965 podemos leer lo siguiente:

 

Las creencias míticas de los pueblos que habitan las regiones semi-desérticas -agricultores o pastores-, sometidos siempre a la necesidad de agua, se integran en la cosmogonía racional que se convierte, con Tales, en la primera cosmología. Y eso es posible porque la cualidad sensible es acogida como percepción, en lugar de ser considerada como subjetiva; es tan real y objetiva, para los jónicos, como la forma o la relación; los datos de los sentidos que actúan por contacto -sensibilidad táctil, térmica, gustativa- y por experimentación activa -percepciones cinestésicas, sensaciones de plasticidad, de resistencia, de pulverulencia- son considerados como teniendo un alcance cognitivo igual al de los sentidos a distancia, tal cono la vista que nos entre las formas y las relaciones espaciales; estos tecnólogos y estos operarios dan al devenir tanta realidad como a lo extenso; la percepción cualitativa de una alteración tiene tanta densidad y objetividad como la captación de una figura geométrica. La filosofía es el desarrollo sistemático del saber cuya base es la percepción completa y plurisensorial (p. 25).

 

Como producto de la cultura griega, Tales era un ciudadano libre, no cumplía tareas sacerdotales ni era escriba del Estado; y por su actividad comercial se dio el lujo de acceder al registro de saberes milenarios de egipcios y babilonios. Ese vérselas con culturas extrañas (y sin el imperativo de mantener el status quo), con opiniones contrarias a las certezas que daba por sentado, probablemente le permitió ascender a cierto grado de escepticismo y a no buscar el principio originario en dioses sino en aquello a lo que todos podemos acceder individualmente: el tejido del mundo. Pero también tuvo el talento para (en palabras de Solis) triturar “las divisiones gremiales de sus vecinos”. No deja de ser elocuente que, según Simondon:

 

El agua de Tales es en primer lugar el elemento base, el que sostiene a la Tierra que flota como un navío; pero también el estado medio de la materia, que produce por condensación el suelo y la tierra dura, y por evaporación el aire transparente y ligero, luego, en el grado más alto, el éter, gas luminoso del que están hechos los astros, o más exactamente del que se alimentan como un fuego que como de las malezas y avanza sobre el flanco de la colina (pp. 24-25).

 

Esta preferencia idiosincrática de Tales por “el estado medio de la materia”, con cuya participación nos podemos permitir seguir sus distintas metamorfosis que causan la diversidad de la realidad sensible, lo convierte en un “hijo de la materia” frente a los “amigos de las Ideas” (nombre con que se puede describir a los eléatas, pitagóricos y platónicos). Pero eso lo podremos desarrollar en entradas posteriores.



Leer la siguiente entrada de Introducción a la filosofía (donde hablo sobre Anaximandro) aquí.

[1]             Simondon, G. (2014). Curso sobre la percepción. Buenos Aires: Cactus, pp. 23, 26.

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